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Por Cátulo
Marinetti: un futurista sin futuro

Quiero rescatar, más por curiosa que por otro motivo, la figura de uno de los más curiosos personajes de la literatura italiana del pasado siglo. Digo literatura y, posiblemente, tendría que extender esa idea a más ámbitos porque, Filippo Tommaso Marinetti que, a pesar de su claro nombre italiano,  nació en Alejandría, como el gran poeta Constantino Kavafis, con el que no tiene nada que ver en absoluto, fue poeta, ensayista, político y sobre todo Marinettipolémico. Nació Marinetti en esa ciudad egipcia el día 22 de diciembre de 1876 y murió en Bellagio (región de Como) el dos de diciembre de 1944.

Lo cierto es que este escritor, hoy prácticamente olvidado, fue en su época un literato de cierta relevancia y personaje público de notoriedad por su famoso manifiesto futurista  que publicó en 1909 en el diario francés “Le Figaro”,  y que causó un fuerte revuelo por su glorificación de la violencia, el desprecio total por las mujeres, el ultra nacionalismo, el amor por la tecnología y el vértigo de la velocidad. De hecho él mismo se calificaba de “poeta aéreo”.

Pero, al margen de todo esto, que hoy revive con distintas caras en muchos espíritus con el nombre de la modernidad, uno de los motivos que posiblemente ha propiciado el olvido de Marinetti, ha sido su apoyo insensato a Benito Musolini, del que en cierta medida fue un precursor intelectual, hasta el último instante y también su permanente actitud belicista porque participó activamente en la guerra de Etiopía (1935) y luego en la agresión a la Unión Soviética (1942) que tan caras costaron a Italia.
Marinetti - Mussolini
Teóricamente, lo que pretendía el movimiento futurista, que murió prácticamente con el propio Marinetti, era una sublevación contra los convencionalismos burgueses y la falta de actividad intelectual que, según ellos, tenía asolada a la Italia de aquellos años inmediatamente anteriores a la llegada de Mussolini al poder (1922).

Mas, no son los aspectos políticos, lo que me interesa destacar de Marinetti, sino dos muy concretos y que son poco conocidos dentro de su faceta como escritor, en la que destacó como poeta, más por sus extravagancias que por su calidad. Me refiero a su actividad como gastrónomo y su notable relación con España de la que me ocuparé en otro artículo.

De todas formas, citaré, aunque sea de pasada, que era doctor en Letras por la Universidad de París y en Derecho por la Génova y que en Milán fundó la revista “Poesía”, donde colaboró nada menos que Miguel de Unamuno (otro notable extravagante) y también el francés Jean Cocteau. Muchos consideran que Marinetti era un hombre de cultura afrancesada y milanés de sentimiento.

Tampoco está de más recordar, a fin de situar al personaje, lo que decía el punto 10 del famoso manifiesto: queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias de todo tipo y combatir contra el moralismo, el feminismo y toda vileza oportunista o utilitaria. Y sostenía sin el menor disimulo que la guerra era la única higiene del mundo.
El ejército italiano. Poesía armada. Marinetti.
Me voy a centrar ahora en su faceta como escritor de temas gastronómicos. Marinetti, que era un verdadero excéntrico, escribió un curiosísimo libro de cocina que se llamó de forma un tanto exagerada “Manifiesto de la Cocina Futurista”, con el subtítulo de “una comida que evitó un suicidio”, y que, todavía, se puede encontrar en muchas librerías de Italia y no a un precio demasiado asequible, aunque para los coleccionistas será una obra de mucho interés y con unas recetas curiosas.

La base de la cocina futurista estaba en el propio manifiesto de 1909, en el que Marinetti exaltaba la velocidad, los rugidos de los automóviles y, en definitiva, la aparición de un hombre nuevo, algo que muchos han pretendido igualmente. En su paroxismo llegó a decir que un automóvil era más bello que la Victoria de Samotracia.

Según Marinetti y sus seguidores la aparición de ese nuevo hombre tendría que estar vinculada necesariamente a cambios radicales o audaces,  por emplear una nueva palabra del Manifiesto, en los hábitos de alimentación de los italianos.

Pues bien, nuestro amigo, aunque era un nacionalista fanático, tenía la guerra declarada al alimento tradicional de la mayoría de regiones de Italia: la pasta. Según sus principios era incompatible con la ligereza, entendida como falta de pesadez, que necesitaba ese hombre nuevo para ser veloz. De hecho según los futuristas la pasta “engorda, embrutece, engaña en su capacidad nutritiva y fomenta la lentitud y el pesimismo de los italianos”.

La polémica no quedó sólo en Italia, donde se efectuaron, por algunos medios de comunicación, una serie de encuestas sobre la opinión de los italianos ante la cocina futurista, sino que diarios serios como el “Times” de Londres y el Chicago Tribune también le dedicaron bastante espacio al asunto de la pasta.

Así que, Marinetti desafiando la tradición secular de la patria, quería sustituir los espaguetis, por otra comida similar pero que, en vez de llevar como base harina importada, se hacía con arroz, que según él se cultivaba de sobra en Italia.

No parece que hayan tenido mucho éxito esos intentos, porque la pasta ha pasado de las fronteras de Italia y hoy se come (afortunadamente) en todo el mundo y, además, en casi todos los sitios con bastante fidelidad a las recetas originales italianas.

Más, es casi seguro, que una de las críticas más mordaces que se ha hecho de este pomposo manifiesto culinario ha sido obra del gran escritor Alejo Carpentier, que en 1931 y en la revista “Carteles”, escribió un artículo ridiculizando a Marinetti y su faceta de cocinero.
Marinetti
Señala que Marinetti ofrece en su libro una serie de recetas inventadas por pintores y no por cocineros y que, en opinión de Carpentier, resultan inverosímiles. Puedo, por mi parte, dar fe de ello.

Por ejemplo, hay un plato que se llama Ecuador contra Polo Norte, que es obra del pintor futurista Enrico Prampolini, que se compone de un mar de yemas de huevo, rociado con sal, pimienta y zumo de limón. En mitad del plato hay una especie de torre de claras de huevos con trozos de naranja y todo ello coronado por trufas.

Placa de Filippo Tommaso MarinettiNo creo que ni el más osado de los cocineros se atreviera a tanto despropósito, aunque nunca se sabe y en esto, franceses y españoles tienen mucho que decir.

Otro de los aspectos que critica Carpentier es la eliminación de los utensilios para comer que se propone en el libro de Marinetti, es decir, que se actuará con las manos porque según los futuristas así se produce un placer táctil. En fin, bastante raro todo esto.

Hoy ya son pocos los que recuerdan a Marinetti y muchos menos los que le siguen en cuestiones de comida. Pero este miembro que fue de la Academia Italiana, a pesar de que clamaba por su destrucción, creó en su tiempo escuela.
 

Cátulo.
 
 

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