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Por Elisa Rodríguez Court
El silencio de las diosas

Parece que la realidad también crea sus poetas precursores. Cuántas veces asistimos en la actualidad a acontecimientos que nos remiten a textos literarios escritos en el pasado y cuyos valores perduran fuera de cualquier tiempo.

En este caso, se trata de uno de los poemas más conocidos de Pablo Neruda.

Transcribo a continuación sus versos para seguidamente dejar unas letras inspiradas en ellos.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Son jóvenes y hermosas, de cuerpos magistrales y de piel muy suave, mujeres que parecen haberle robado sus rostros a las diosas.

Nacen mudas, mutiladas sus voces ya en el momento de ser concebidas. Por eso callan, incapacitadas para romper el silencio de por vida.

Carentes de propia melodía, viven en una ausencia en cuyo fondo no se aloja espera alguna de sí mismas. Una espera que podría ser otro modo de presencia si no fuera porque la esclavitud es su condena y la satisfacción sexual masculina, su único destino.

Sólo son alguien en la medida en que lo son para el mercado, sometidas en pleno siglo XXI a la venta por un precio superior a 7 mil euros. Carísimas, pero casi perfectas. Adaptadas, además, al gusto del consumidor, quien elige las dimensiones de cintura, de cadera, de los pechos. Puede escoger el tipo de ojos, de cabellos, de pelvis así como el peso y una altura que puede alcanzar 1 metro 80.

En manos de sus amos, se muestran muy dóciles. Acatan órdenes, se mueven, provocan, se excitan, besan, succionan, respiran agitadamente, se humectan.  Encadenadas a los profanadores de su dignidad, permiten satisfacer las  fantasías sexuales de hombres sin escrúpulos que las manosean y violan por ser hembras.

Si se las contempla a cierta distancia, parecen ensimismadas, espejo de la mujer recitada por Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente. // Distante y dolorosa como si hubieras muerto. // Una palabra entonces, una sonrisa bastan. // Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.”

Sin embargo, ellas no caben en ningún poema capaz de abrir una zona entre la palabra y el silencio. Existen sin alma, producto de la incansable fabricación de mujeres objeto. Son hermosuras sintéticas, muñecas de silicona. Nadie habita en ellas.
 

Elisa Rodríguez Court
 

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