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AMIR VALLE
(Guantánamo, Cuba. 6 de enero de 1967) |
Web Oficial
Amir Valle participará con el relato "Un espacio luminoso y dulce"
Sobre Amir Valle
Ha incursionado en los géneros Novela, Cuento, Ensayo, Testimonio, y ha preparado numerosas antologías sobre el cuento cubano y latinoamericano. Su obra ha sido traducida al alemán, sueco e inglés, destacando el alemán donde ya ha publicado cuatro novelas. Ha obtenido los más importantes premios del país y también ha conseguido varios internacionales, entre ellos el Premio Internacional Casa de Teatro en el género Cuento. En su faceta periodística también ha sido premiado. Actualmente se encuentra en Alemania gracias a la beca literaria "Writers in Exile" otorgada por el P.E.N Club Internacional (Asociación Internacional de Poetas, Ensayistas y Novelistas).
Bibliografía Novelas (para más detalles visitar su página web)
Ciudad Jamás Perdida (1998)
Las puertas de la noche (2001)
Muchacha azul bajo la lluvia (2001)
Si Cristo te desnuda (2001)
Entre el miedo y las sombras (2003)
Los desnudos de Dios (2004)
Últimas noticias del Infierno (2005)
Santuario de sombras (2006)
Otros enlaces relacionados:
Entrevista a Amir Valle en Anika Entre Libros
Leer Online en Anika Entre Libros un fragmento de "Santuario de Sombras"
Presentación en Madrid de "Santuario de Sombras"
La Narrativa Cubana de los 90. Por Amir Valle
Entrevista a Amir Valle en La Gangsterera
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Un espacio luminoso y dulce
Mamá amaneció con la boca llena de cucarachas. Es del carajo decirlo, pero así fue. Y la cucaracha que salió de la boca abierta de Mamá cuando entré a su cuarto, luego de llamarla varias veces para que tomara el desayuno, siguió caminando tranquila, protegida por mi estupor, hasta perderse por una de las rajaduras de la pared del fondo, seguro para esconderse en la inmensa loma de escombros y basuras podridas que crecía cada día en el descampado, en ese lado del solar, desde una tarde de lluvias intensas en que el edificio aquel dijera “voy abajo”, y se derrumbara, llevándose al mundo de los muertos a los tres viejos y la niña de dos años, que no lograron escapar a tiempo, como los demás.
Era gorda la cucaracha. Negra. De alas muy brillantes.
Encendí la luz del cuarto y entonces la vi. Y todavía bajo la rigidez del estupor, bien lo recuerdo, pude observar la desbandada asqueante de otras cucarachitas, de esas que los fumigadores llaman, alemanas: grises, de apenas un centímetro, delgaduchas, que también salieron de la boca de Mamá.
Álida llegó desde la cocina, se paró detrás de mí y gritó.
Recuerdo su grito.
Nada que ver con esos otros de placer, desnudos, cuando hundía entre sus nalgas “tu verga rozagante”, como ella misma la llamaba, luego de que la saboreara por unos minutos muchas noches, desde unos cuantos años atrás.
Nada que ver con ese grito de aquella primera madrugada, dormidos casi uno encima del otro, cuando sentí, entre las nieblas del sueño, que una mano caliente y pequeña se colaba bajo la pata de mi short y comenzaba a juguetear con lo que Mamá decía era para las niñas. Abrí los ojos, vi sus ojos brillando en la oscuridad, ojos como de gata, y se lo dije: “es para las niñas”, o algo así, medio dormido, confuso, y respondió “y qué carajo soy yo, David”, para abrir las piernas y recibirme en un abrazo, como una de esas mujeres que luego tuve en la vida, aunque ella se viera obligada en ese momento a guiarme en lo que ninguna de las demás tuvo que hacer: otra vez su mano caliente halándome por el mismo centro del cuerpo y colocando aquella parte endurecida de mi cuerpo en un agujero mojado y también caliente del suyo, diría mejor, hirviente, donde me hundí, como por ley natural, de un empujón de cadera y supe, sin decírmelo entonces, que muchas otras noches regresaría a mi hermana para volver a hundirme en esa caverna maternal que me hacía sentir igual que si flotara en un espacio luminoso y dulzón.
Nada que ver con esos gritos que la oía soltar, entrecortados, de dolor, en ese mismo cuarto donde Mamá amaneció con la boca llena de cucarachas.
Eran días de mierda. Mi padre ligaba una borrachera con otra y botaba a Mamá de la casa, “me quedo con los niños, puta”, bramaba, “y al que se meta le arranco los cojones, ¿oyeron?”, gritaba a los vecinos, tiraba la puerta en las narices de los pocos que se atrevían a mirar aquella escena repetida, y no nos atrevíamos a escapar de nuestra casucha en aquel solar, aunque podíamos ver a Mamá desde la ventanita alta de nuestro cuarto, llorosa, removida por los temblores del miedo mientras miraba hacia nuestro piso, parada en la puerta del cuarto de Hortensia, la vecina que nos cuidó desde chiquitos para que ella trabajara. Estábamos convencidos de que ni siquiera imaginaba lo que pasaba por las noches bajo esas paredes, en aquellos días de mierda en que mi padre la sacaba a empujones y golpes y patadas “me quedo con los niños, puta”: esa primera hora de silencio mientras vaciaba la botella sentado en la sala, oyendo en la grabadora el mismo casette de Los tigres del Norte; su entrada, desnudo, al cuarto, y el abrazo que me daba Álida, fuerte, tembloroso como toda ella, “tú no te metas, cabrón, y aprende”; y el empujón de esa bestia de ojos rojos que se lleva a rastras a mi hermana, que tiembla como Mamá y como Mamá llora y se deja llevar, desvanecida, y sigue llorando cuando él le susurra, aunque yo pueda oírlo, “abre las patas, putica, vamos a gozar con Papi”. Sus gritos entrecortados. “Me tapa la boca”, me contaba Álida, “casi me ahoga”.
Por eso un día vino: “házmelo tú, mi herma”, dijo, “mis amigas dicen que es lindo con alguien que lo quiera a uno”. Y ella sabía que yo la adoraba.
Álida tenía diez años; “es para las niñas”, dije, infantil, temeroso, confundido, esa madrugada; “¿y qué carajo soy yo, David?”, soltó, bajito pero con una decisión en la voz que no le conocía, “no te hagas el inocente, que ya tienes doce años”. “Ven”, ordenó. Y fui. Y desde entonces las noches eran una fiesta. Menos aquellas en que mi padre repetía la escena: la bronca con Mamá, “¡vete pa’ la mierda, puta vieja¡”, su entrada abrupta en el cuarto, los quejidos de Álida.
Hasta esa noche.
- Papá está borracho en el pasillo del segundo piso – me dijo, ya temblando -. Ahorita seguro viene.
Le había dado una golpiza a Mamá, en pleno pasillo, “esta es mi mujer y si me sale de los cojones descuerarla, la descuero”, gritó a los vecinos, y luego “voy a coger aire, perra”, lo sentimos gritarle. Y el portazo. Y los pasos callados de Mamá hacia el cuarto, que nos miró al pasar y sonrió con la boca partida, sangrando por un costado, un ojo ennegrecido y doblada hacia un lado del vientre que se sobaba lentamente con las dos manos. Oímos su cuerpo caer sobre el viejo camastro que también rechinó sus muelles oxidados. Entonces salimos. Sin planificar nada ni hablar una palabra más salimos.
Borracho estaba mi padre cuando subimos la escalera. Hedía a orine. A ron malo. A sudor, “ese mismo sudor pegajoso que me deja cuando termina de hacer lo suyo. Intento quitármelo bañándome con bastante jabón y agua, pero se pega, mi herma, me hace vomitar”, me había contado ella, un día.
Dormido estaba. La novela brasileña mantenía a todos los vecinos dentro de los cuartos del solar, embobados en los amores frustrados de la esclava Isaura, hoy sé que intentando escapar en aquellos novelones de toda la mierda que siempre nos ha cercado en esta isla, hartos ya de soñar con vivir en la Cuba próspera y perfecta que sólo salía en los noticieros.
Se babeaba dormido el muy cabrón de mi padre, bien lo recuerdo. Y a hurtadillas lo empujamos. Abrió los ojos cuando sintió el empuje. “Davicito”, balbuceó, “¿dónde está la puta de tu hermana”, porque Álida se escondió detrás de mí, con aquellos temblores que la maniataban, cuando lo vio entreabrir los ojos.
No dije una palabra. Sin ponernos de acuerdo, algo nos había susurrado que Álida y yo debíamos hacer rodar su cuerpo por debajo del barandal, roto en algunos sitios, o colarlo por los cuadrados de metal. Que cayera en el medio del patio, allá abajo, en la primera planta del solar. Y sólo esa vez bendecimos al degenerado ladrón que, quién sabe cuántos años atrás, había robado la madera preciosa del barandal de lo que había sido, en los tiempos de la colonia, la mansión de algún ricacho, de modo que, de lo que fuera una hermosa baranda interior de madera preciosa torneada y sujeta por un esqueleto de cuadrados grandes de metal, también torneados, sólo quedaba eso: el esqueleto de metal, pero ya herrumbroso, endeble, incluso partido en muchas partes, que impedía a los vecinos de esa planta recostarse allí para observar lo que pasaba abajo.
Todavía hoy no sé de dónde saqué la fuerza, aquella fuerza, que lo hizo llegar hasta el barandal roto del balcón y quedar trabado en uno de los pocos cuadrados de metal, todavía fuertes. Tampoco sé qué me hizo avanzar hacia él, caminando sobre mis nalgas por el pasillo, y empujarlo con los pies, desesperadamente, apurado por terminar, hasta ver que sus ojos se abrían “¡oye, qué cojones te pasa¡”, le oí decir, sin que lograra manejar su cuerpo, o resistir mi empuje, atontado todavía por el ron, los ojos muy abiertos, las manos buscando asirse de algo, hasta que Álida perdió el miedo y vino, también sobre sus nalgas, como una cangreja asustada, a empujarlo con una fuerza que todavía recuerdo en verdad descomunal, inusitada. Como no logró moverlo, le dio una patada en la cara, y recuerdo que al verlo intentar tapársela con una mano, volvimos a patearlo y entonces sí cayó. Se deslizó su cuerpo pesado, como una serpiente de agua, resbalosa, ágil, y lo perdimos de vista.
Cuando nos asomamos por el hueco del barandal y miramos hacia abajo, un charco de sangre comenzaba a crecer alrededor de su cabeza explotada.
Los vecinos seguían anestesiados ante la tele por el mundo cruel de los amores imposibles de la esclava blanca Isaura, cuando bajamos las escaleras, y entramos a la casa, donde Mamá dormía, dueña ya, pensamos, de esa merecida tranquilidad que no imaginaba, sin imaginar nosotros que se debía a ese charco de sangre que se empozaba bajo su cara, brotando de un costado de su boca. Pero entonces, desde la salita de nuestra casa, sólo pudimos ver su cuerpo encogido sobre las sábanas, de espalda a nosotros. “Déjala dormir, pobrecita”, me dijo mi hermana, regresamos a nuestro cuarto y pasamos el pestillo.
- Hoy me lo vas a hacer por dónde a él le gustaba hacérmelo – dijo entonces Álida, se quitó las ropas y se puso de espaldas, agarrada al borde de la cama, con la grupa levantada hacia mí -. Le gustaba darme por el culo. Hazlo tú. Contigo seguro voy a gozar como él quería que yo gozara.
Luego de una intensa cabalgata sobre las nalgas hermosas, redondas y duras de mi hermana, justo cuando ella susurraba “sí, sí, es rico, mi herma”, y yo me vaciaba en ella, poseído por esa cosquilla que me erizaba hasta el cerebro, afuera, en el patio del solar, empezaron a escucharse los primeros gritos.
© Amir Valle
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