![]() |
LUCIA PARRILLA
SAGRA
(Santisteban del Puerto, Jaén. España) |
Web Oficial
Lucía Parrilla Sagra participará con el relato "La muñeca"
Sobre Lucía Parrilla Sagra
Cursó estudios de Magisterio en la Escuela Normal "Padre Poveda" de Jaén con premio Final de Carrera de la Caja de Ahorros de Córdoba. Finalista en el 2005 en el II Certamen de Narrativa Breve del Canal Literatura y flamante ganadora del Premio Especial Estambul del año 2006, publicó su primera novela, "El forense" editada por la editorial Desembarco. La presentación corrió a cargo del escritor José Manuel Sánchez del Águila. Colabora en el semanario cántabro independiente Otra Realidad. Es aficionada a la pintura y ha expuesto algunas de sus obras en la Feria de Arte Exposevilla 03.
Bibliografía
Tommy's men y el fantasma del Carrascal (juvenil)
El forense (2006)
Otros enlaces relacionados:
Lucía Parrilla en Anika Entre Libros
Presentación de "El forense"
Premio Especial de Estambul 2006
El forense
La Muñeca
![]()
Autores, contactar con Anika
Nunca tuve unos Reyes decentes. Pero tampoco los tenía nadie en aquel pueblecillo perdido donde ni tiendas había. Menos que pueblo. Era una aldea de casas diseminadas al que se llegaba por un camino que bordeaba un precipicio en cuyo fondo brillaba el agua de un arroyuelo. Al final de la senda se abría un valle rodeado de montañas. Cada familia cultivaba su pequeña huerta bordeada de árboles frutales: algunos cerezos, ciruelos, manzanos y enormes nogales que apedreábamos para recoger aquellos frutos de pulpa parecida a un cerebro en miniatura.
También teníamos ganado y aves de corral, de modo que éramos autosuficientes. Aún recuerdo a las más ancianas cardar lana, hilarla en la rueca y tejer con ella nuestras toscas ropas de abrigo. Dos veces al año un buhonero subía hasta la aldea con su carreta tirada por un par de asnos y nos dejaba utensilios de cocina, ropas, calzado y otros artículos a cambio de huevos, quesos, pieles y algunos corderos vivos.
Los niños husmeábamos en torno al carro y contemplábamos con ojos atónitos aquellas maravillas: cintas de raso, piezas de encaje y telas con estampados florales que nos parecían estar destinadas a la indumentaria de alguna reina. También llevaba algunos libros, novelas románticas y del Oeste, papel rayado de cartas, lápices, cartillas de lectura y bolsitas con golosinas de azúcar coloreado.
Un año mis padres compraron en secreto una caja de colores y unos cuadernos para iluminar, los escondieron hasta la noche de Reyes y al levantarme los vi sobre el poyete de la ventana. Tuvieron que explicarme quiénes eran mis generosos donantes, pues nunca sospeché que nadie supiera de mi existencia en un lugar tan lejano como el Oriente, y menos unos personajes tan importantes y ocupados. Por eso, miraba mi caja de seis colores con admiración y reverencia. Ni me atrevía a usarlos, por no desgastarlos, pues sabe Dios cuándo volverían a pasarse por allí. De modo que tomaba la cajita, decorada con un cervatillo que bajaba una montaña, y me dirigía a mi refugio, un pequeñísimo claro rodeado de matorrales en los que penetraba como un conejo, deslizándome por un hueco entre ellos.
Allí me encontraba segura, aislada de los demás chicos de la aldea, que solían tirarme de las trenzas y burlarse de mis orejas de soplillo. Sacaba los lápices de colores y el amarillo, el rojo y el azul claro eran las princesas Sol, Amapola y Celeste. El verde, el marrón y el azul marino eran los príncipes Bosque, Tierra y Noche. Mi recinto vegetal era el palacio donde se entregaban a fastuosos bailes. Algún príncipe atrevido, con el afán de impresionar a su amada, trepaba por uno de los matorrales para cogerle la flor más alta y entonces lo hacía caer ante los ojos de horror de los demás. Lo recostaban sobre un lecho de agujas de pino y lo curaban con emplastos de hojitas que masticaba y le colocaba en la “frente”.
No sé qué ocurrió. De pronto, los muchachos comenzaron a marcharse de la aldea. Ya no se hacían aquellos bailes que congregaban a los mozos de las aldeas vecinas, ni se oían las músicas de alguna bandurria o acordeón, mezcladas con los sonidos de los rústicos instrumentos de percusión: el cántaro cuya boca se golpeaba con una alpargata, la botella de anís que se frotaba con una cucharilla, dos sencillos trozos de teja que se sujetaban con una mano y se hacían repiquetear... Ahora, sobre las casas flotaba un manto gris de silencio; hasta parecía que el aire se dormía y nos contagiaba su sopor.
A los jóvenes les siguieron los hombres, mi padre entre ellos. Sólo quedaron algunas mujeres, los ancianos y los niños de mi edad, que íbamos creciendo. Pero ya no volvimos a celebrar ningún nuevo nacimiento ni volvieron a repartirse aquellos “cañamones” de trigo tostado, caramelos de azúcar fundido y barritas de miel y aceite con que se solía obsequiar a quienes acudían a conocer al recién nacido.
Ya llevaba mi padre dos años en el extranjero, en un país al que no sé cómo pudo llegar, pues nunca oí hablar de él y no comprendía que los mayores tuvieran esa información y no la hubieran compartido con los pequeños. De repente, resultaba que el mundo se extendía más allá del cinturón de montañas escarpadas que nos rodeaban. El cartero venía cada dos meses, si no había ninguna carta urgente, y cuando se recibía una de algún emigrado, los que quedábamos nos reuníamos en la casa del afortunado, se buscaba a alguien que supiera leer y la escuchábamos maravillados. Por lo visto existían ciudades enormes, con calles infinitas llenas de gente, carros que andaban sin ser tirados por animales y casas gigantescas con chimeneas que arrojaban un humo negro que escocía los ojos. Allí la gente trabajaba fabricando cosas que no se podían comer y compraban los alimentos en tiendas que eran como mil veces más grandes y con más artículos que el carro del buhonero.
Los niños nos reíamos a veces y pensábamos que cómo podían ser los adultos tan tontos y creerse tal sarta de disparates. Carros que andaban solos, hay que ver, y unos aparatos que te los ponías en la boca y podías hablar con gente por lejos que estuviera. ¡Desde luego...!
Aquel invierno hubo una gran nevada. La aldea quedó más aislada que de costumbre. Por fin, en febrero, el cartero subió en su bicicleta echando maldiciones. Llevaba la cartera terciada a la espalda y, tras el sillín, un gran paquete rectangular de cartón, envuelto en papel de embalar y con muchos sellos y estampillas con nombres extraños. Hizo sonar su trompetilla y los vecinos salieron de las casas para congregarse junto al gran castaño del centro del poblado. Sacaba las cartas con parsimonia, leía a gritos el nombre del destinatario y yo miraba pintarse en las caras la alegría o la decepción. Por último, dijo el nombre de mi madre y, ante la curiosidad del vecindario, le entregó el paquete misterioso.
Llegamos a nuestra casita seguidas por los chiquillos y por alguna vieja que también se coló en su interior. Mi madre, tijera en mano, los miraba, pero se hacían los desentendidos, así que, con cuidado de no rasgar el papel más de lo necesario, fue abriendo el envoltorio. Primero apareció una carta que mi madre se guardó en el bolsillo del delantal, y una nota para mí. Decía:
“Querida hija: este año por fin vas a tener unos Reyes como Dios manda. Espero que el envío llegue a tiempo y que te guste. Cuando al fin podáis reuniros conmigo, ya verás la de cosas bonitas que hay aquí para jugar. No te lo vas a creer. Pórtate bien y obedece a tu madre. Un abrazo muy fuerte y todo mi cariño.”
Abrimos la caja y los visitantes dieron un paso al frente. Entre papeles de seda estaba la muñeca más bonita del mundo. Tenía casi mi estatura, la cara de porcelana, con unos labios rojos y brillantes y unos ojos que se abrían y cerraban. El pelo era rubio y sedoso y el resto del cuerpo, vestido con un elegante trajecito azul y blanco, de una goma que parecía carne a la vista y al tacto. Mi madre leyó en la caja que se llamaba “Erika”. Yo no me atrevía a respirar y, menos aún, a tocarla. Los demás niños, más irreverentes, alargaron los brazos para cogerla. Empezaron a manosearle el pelo y a levantarle la ropa para ver qué llevaba por debajo. Con el corazón encogido los aparté, volví a meterla en su caja y cerré la tapa. Entonces se marcharon refunfuñando.
- Hale, a joderse. Se ha acabado la función.
- Se creerá que nos la vamos a comer.
- Ya ves tú, por mí, puede metérsela por donde le quepa...
Todos los días abría la caja, que guardaba bajo mi cama, y contemplaba un rato mi muñeca. Pero nunca jugaba con ella. Al principio, las niñas que se burlaban de mí buscaron mi amistad, pero como yo no quería compartir con nadie mi tesoro, pronto volvieron a excluirme de sus juegos.
Mis principescos lápices de colores cogieron unos celos horribles. Cuando los tomaba para jugar, ya no me decían nada. Permanecían tiesos entre mis manos y si los ponía a valsear, se notaba que lo hacían a disgusto y sin gracia en sus movimientos. Pero tampoco los usé para colorear. Me parecía que era humillarlos demasiado, así que los dejé en su cripta de cartón verde y de vez en cuando los miraba con un sentimiento de culpa.
En cambio, Erika...ésa sí que era una princesa de verdad. Cuando reposaba en su caja, con los ojos cerrados, parecía la Bella Durmiente. Yo la tomaba con suavidad, la besaba en la frente y la incorporaba poco a poco. Entonces abría los ojos, unos ojos azules de pestañas larguísimas, y me miraba sorprendida de hallarse allí, tan lejos de la elegancia de los salones donde habitó antes de que la exiliaran a este rincón perdido. Me sentía avergonzada de mis ropas tan bastas, de mi pelo moreno, encrespado y sin brillo. Si al crecer pudiera parecerme a ella, aunque sólo fuera un poquito... Luego volvía a dejarla en su caja y la tapaba con cuidado con los papeles de seda, como si fueran un velo de tul.
Casi dos años después regresó mi padre para llevarnos con él. Ellos bajaron a pie la cuesta, yo montada en un burro con nuestra pequeña maleta de cartón detrás. Mi padre no quiso que nos lleváramos casi nada. Nos dijo que en nuestro nuevo destino encontraríamos mejores cosas. No pude llevarme mi muñeca siquiera, ocupaba mucho espacio. Me despedí de ella entre llantos, y con los ojos nublados por las lágrimas llegué al final del sendero de pedriza y vi por primera vez una carretera. Era verdad que había vehículos que se movían solos. Nos recogió un autobús bamboleante, y cuando desperté estábamos en la estación de ferrocarril.
Cuánto tuve que aprender: hablar, leer y escribir en un idioma extraño. Y no olvidar lo que sabía, en la escuela para hijos de emigrantes que patrocinaba el gobierno español. Hoy, a mis años, no lo hubiera conseguido, pero los niños tenemos tanta facilidad de adaptación... Aunque ya no era tan niña. Pronto cumpliría diez años y la infancia casi se había acabado para mí sin darme cuenta. De modo que, en Navidad, mis padres me regalaban ropa, pues en ese país los Reyes habían delegado su misión en un viejecito barrigón de barbas blancas. Y nunca volví a tener otra muñeca. Las veía en los escaparates de las jugueterías, pero ninguna era tan preciosa como la mía. Y como necesitaba tener recuerdos, algo a lo que aferrarme para no olvidar mi pasado, pensaba muchas veces en ellos, en la muñeca con la que nunca jugué, en los lápices con los que jamás coloreé, en todas las cosas que me había perdido y que habían quedado tan lejos.
Muchos españoles regresaron con el tiempo. Nosotros no. Por lo que sabíamos, la aldea estaba ya deshabitada. Al final, se fueron marchando unos tras otros, y no tenía sentido volver, porque aquella forma de vida de mi infancia había acabado para siempre.
Bueno, sí regresé. Hace diez años, tras mi divorcio. El turismo rural se había puesto de moda y la gente compraba aquellas casitas para rehabilitarlas. Tuvimos una oferta, mis padres estaban demasiado mayores para un viaje tan largo y yo necesitaba el dinero. Mi hija y yo llegamos en avión a Madrid. Luego tomamos un autobús hasta la capital de mi provincia y allí alquilé un automóvil.
A medida que me internaba en los bosques, iban despertando los recuerdos. Al llegar al cruce desde donde arrancaba el sendero ascendente, ahora asfaltado, tenía la vista borrosa, como cuando salí de él, veinte años antes, y tuve que pestañear varias veces para desprender las lágrimas. Mi hija, cansada, dormitaba tendida en el asiento de atrás.
Dejé el coche frente al viejo castaño, ahora en el centro de una plazoleta adoquinada y con unos bancos de madera en las esquinas. Muchas casas habían sido ya restauradas, sin perder el estilo de la zona, pero las maderas estaban nuevas y mostraban el barniz reciente. En un escalón, unos niños jugaban con una maquinita electrónica. Otras casas estaban como entonces, mejor dicho, donde entonces. Como la mía. La lluvia había lamido la cal de las paredes y la piedra desnuda se desmoronaba en partes, donde no aparecía ennegrecida por el liquen. Las vigas de madera no habían resistido la carcoma y la techumbre se había hundido bajo el peso de las nevadas. La puerta estaba abierta, y todo el interior desmantelado. Los colchones, destripados y con el relleno de lana podrido. Algunos objetos eran aún reconocibles, a pesar de su capa de moho.
Miré con temor bajo mi camastro. Sí, allí estaba la caja, roída por los ratones y deformada por la humedad. La arrastré hacia mí, manchándome las manos de polvo. La abrí con mucha lentitud. El trajecito estaba desteñido, el cabello mate, la porcelana de su cara desconchada, pero era mi muñeca. De rodillas la abracé por primera vez, y lloré, lloré sin tener muy claros los motivos de mi llanto.
Mi hija Erika se me acercó por detrás, me puso una mano en el hombro y con el racionalismo de sus nueve años y de la mitad de sus genes, me dijo en perfecto alemán:
- Mamá, ¿por qué lloras? Es sólo una muñeca, y además está vieja y ni anda, ni habla, ni hace nada...
Fin
© Lucía Parrilla Sagra
una idea © ciberanika.com
ANIKA ENTRE LIBROS