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Ficha realizada por Eugenia Martín Lorenzo

RAVELSTEIN
(Ravelstein)
Saul Bellow

Editorial Alfaguara
Madrid, 2000
Traducción de Roser Berdagué
332 páginas


Argumento
 

La historia de Ravelstein comienza en el Hotel Crillon de París, donde Abe Ravelstein se reúne con su gran amigo y literato, Chick, para festejar la excelente acogida del libro que éste le alentó a escribir. Se enhebra así un diálogo entre ambos -que se prolonga, se interrumpe e intercala a lo largo del libro junto con otros encuentros- con la intención de abordar, por parte del protagonista, un retrato moral e intelectual de un hombre ciertamente hedonista y extravagante, que ha hecho de la singularidad per se un arte pluscuamperfecto que domina con rigor, convertido también en un ajustado ritual físico -elegir un traje o una corbata, peinarse de un modo u otro- e intelectual.

En Ravelstein se nos habla de un hombre analizándose a sí mismo a través de otro hombre, un profesor de universidad, homosexual, -“materialista ateo” le define Saul Bellow (1915), que, sin embargo, “se había consagrado sobre todo a los dos polos de la vida humana, religión y gobierno, según los había calificado Voltaire”-, cercano a la muerte, que le pide a Chick que escriba sus memorias en un intento de recuperar su pasado y reconciliarse con su presente.

Desde Eurípides a Shakespeare, de Tolstoi a Faulkner, la vida, la escritura y la muerte son, sin duda, las más grandes preocupaciones creativas de una inmensa mayoría de artistas universales. Quizás el autor que nos ocupa y su última novela pudieran encuadrarse en tal categoría, en el sentido de la reflexión que suscita sobre cómo el hombre puede dignificar su existencia -o redescubrirla-, o cómo la proximidad de la muerte puede orientarle hacia una sincera y humilde reconciliación con el misterio de la vida. El humilde reconocimiento y llegar íntegro a la muerte. Y cómo contarlo.

Chick, durante y tras la muerte de Ravelstein, se dedica a indagar en el lado más difícil de la existencia: el largo y espinoso camino que conduce de la confusión –de lo que él denomina “el drama humano”- al descubrimiento y la revelación. El procedimiento es ciertamente complicado pues se trata de sostener el relato en un difícil equilibrio entre el distanciamiento y la transparencia, entre la búsqueda de la verdad y apuntar hacia un cierto sentido, entre el reconocimiento de la limitación humana para conocerse y conocer a los demás y su elocuencia.

La novela recoge así algunas constantes de la literatura, como que la escritura es una forma de ver, que el hombre sólo está verdaderamente presente en el mundo cuando se olvida de sí mismo y piensa en lo que está delante de él, la magnitud de la complejidad del hombre (“el difícil proyecto de ser hombre en el sentido pleno, ser hombre y nada más que hombre”), la imposibilidad de callar (“El hombre es un ser que siempre tiene algo que decir sobre todo aquello que está bajo el sol”), la articulación entre el arte y el conocimiento del mundo (“Sólo un reducido número de espíritus selectos han encontrado la manera de expresar ese tipo de revelaciones en la música, la pintura o a través de la palabra”), etc.

El lenguaje, pues, se opone a lo innombrable, aunque parezca que Chick no tiene mucho que decir ante la ineludible proximidad del fin para Ravelstein, que le pide que escriba sus memorias, quizá en un intento, ya imposible para él, de encontrar palabras para sí mismo, para su obra como hombre, para su concepción del mundo. Es la necesidad de encontrar palabras para enfrentarse al supuesto silencio de la muerte: “Ravelstein parecía reflexionar sobre alguna duda acuciante..., tal vez la de si tenía o no sentido luchar por la existencia”.

Y Chick deberá contentarse con unas cuantas palabras (“Hago lo que puedo con los hechos”, “Éramos íntimos amigos, ¿qué más se puede decir?”), testigos incontestables de la dificultad de que la vida se cuele por las rendijas de la literatura (“No había manera de zafarme. Era evidente que él no quería que escribiese acerca de sus ideas. Por algo ya las había expuesto a fondo y podían conocerse a través de sus libros teóricos. Yo tenía que hacerme responsable de la persona y, dado que no podía describirla sin una cierta participación mía, tendría que hacer tolerable mi presencia marginal”). Pues bien, ¿hay algo más emocionante, más humilde, que la constatación de esa imposibilidad?

Bellow recoge la sofocante y turbia sofisticación en la que viven inmersos sus personajes (“El alma del otro es una selva oscura”), intentando arrojar luz, también desde allí, y apuntando, de modo sutil unas veces y, por “vía negativa” y de modo ambiguo, otras, a la verdadera esperanza donde reside la dignidad del hombre: “El amor es la función más alta de nuestra especie, su vocación”. La crítica asume el impacto de la tradición europea contemporánea en la propia obra de Bellow, y más esencialmente la tradición del modernismo histórico, ese aspecto de la literatura que se había enfrentado a la angustia moderna y de la que escritores como Dostoievski, Conrad, Musil y Kafka fueron casos ejemplares. (EUGENIA MARTIN LORENZO)

 

Opiniones de lectores
 

Gustavo Duek

Es el segundo libro al que accedo de Bellow. Me siento generalmente inclinado por los escritores cuyas novelas son quizás obras de filosofía noveladas. Siento que expresan mediante personajes los problemas existenciales que más los perturban. Hay muchos autores de estas características, como Kundera o Proust, por citar algunos de mis preferidos.

Creo que en "Ravelstein", así como en "More die of heart broken", Bellow aborda el tema de el por qué y para qué uno está en el mundo, por qué la vida, por qué la muerte. Es una suerte de biografía engañosa ya que Ravelstein es el medio que Bellow utiliza para las reflexiones sobre su vida reflejada y, por momentos, refractada en su dilecto amigo y profesor.

En el último tercio el autor asume el protagonismo exclusivo de la novela al relatar su estadía en un hospital tras una intoxicación. Aquí su propia metafísica protagoniza la novela hasta el final. Una idea, un leit motiv habitual del autor tiene que ver con el poder o no de expresar la metafísica individual, por ejemplo mediante una obra artística de cualquier índole. Así lo explicita en la novela mediante las reflexiones de un moribundo, la visión de la muerte (enumera sus contactos con "sus" muertos), la valoración de sus seres queridos, del arte y de Ravelstein, mediante cuyo espejo trata de explicarse aquello que nunca es más evidente que cuando uno lo expresa de alguna manera; según sus propias palabras: cómo saber lo que pienso hasta ver lo que digo.

Ravelstein es un ejercicio de Bellow para comprobar en la recta final de su existencia si es que de veras tuvo algún "sentido" su paso por ese relámpago entre dos nadas que es la existencia.

 

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