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Hasta que la boda nos separe de Roberto Lumbreras Blanco

Fragmento de la premiada obra de teatro. Por cortesía del autor

(Final del acto primero. Entrevista radiofónica)

(C) Marieta
La comedia en el teatro

RAMÓN.- ¡Se me había ido el santo al Cielo! ¡Rápido, Natacha, tenemos que salir ahora mismo!

NATACHA.- ¡Estupendo! ¡A la calle! Cogeré los paraguas.

RAMÓN.- No hace falta. Salimos, pero en la radio (señala el micrófono de radio que se encuentra en el centro de la mesa de camilla).

NATACHA.- ¿Yo también?

RAMÓN.- Tú la primera: serás la locutora.

NATACHA.- (Aterrada.) ¡Pero no tengo guión!

RAMÓN.- No hay tiempo para guiones. El guión está…¡En tu propia maleta! ¡Eso es! De esta manera da “Ramón” las conferencias: glosando cualquier objeto, cualquiera sirve, pues todos tienen algo insospechado que ocultan en su alma. (RAMÓN coloca la maleta de NATACHA en la mesa de camilla. Se sientan los dos entorno al improvisado estudio radiofónico). ¿Preparada, Señorita locutora?

NATACHA.- ¡Qué remedio! ¡Musa, inspírate a ti misma!

RAMÓN.- (Riendo) Atención, que enciendo el micrófono… ¡Volamos ya!

NATACHA.- Buenas tardes, amigos radioescuchas. Bienvenido a la Radio, “Ramón”.

RAMÓN.- Gracias. Siento haberles hecho esperar: me he dormido. Un relojero suizo me construyó un curioso despertador que, en lugar de la alarma estridente que despierta con sobresaltos, toca una nana con un dulce carillón. A este artefacto debo el saludable estado de mi corazón, pero a cambio me hace llegar tarde a todas las entrevistas de mi vida.

NATACHA.- Ramón, ¿Se acuerda de su primera greguería?

RAMÓN.- ¡Cómo no! Mi propio nombre y firma: “Ramón”. Aprovecho la oportunidad que me brinda el micrófono para revelar un secreto sobre mi rúbrica. Se ha dicho que era simplista y hasta castiza. La verdad es todo lo contrario, pues si se rompe el huevo trucado de ilusionista que es mi nombre, son dos los nombres que aparecen, y de lo más exótico: RA y AMÓN, los nombres de los dioses egipcios del sol.

NATACHA.- Veo que ha traído la maleta de sus conferencias

RAMÓN.- (Que abre la maleta de NATACHA y saca, al azar, una prenda de lencería femenina.). No. Ésta no es mi maleta. Alguna elegante señorita y yo hemos debido confundir los equipajes. El caso es que la maleta que tengo ante mí está llena de cosas que no deben citarse en público.

NATACHA.- ¡Qué lástima!

RAMÓN.-(Apartando la maleta y alcanzando un diccionario) No se preocupe: podemos solucionarlo con un diccionario, que al fin y a al cabo también es una maleta, una maleta donde caben todas las cosas imaginables, pues van todas perfectamente planchadas en sus veinte y pico departamentos.

NATACHA.- ¡Buena idea!

RAMÓN.- Necesito su colaboración.

NATACHA.- Será un placer.

RAMÓN.- Conforme usted vaya sacando una a una "cosas” de esta singular maleta, iré glosándolas a mi antojo. Solo una advertencia: No se deje embaucar por el diccionario. El diccionario es como esos vendedores sin escrúpulos que venden abrigos a los clientes que sólo han salido a comprar un pañuelo. Le pondré un ejemplo: si busca en el diccionario “pioneumotórax”, antes curioseará en “pionefrosis” y pioneumopericardio”, de forma que al final olvidará consultar la palabra en cuestión.

NATACHA.- Gracias por el aviso: las sacaré al azar.

RAMÓN.- ¡Espere! Veo que este libro es de los que se abre siempre por la misma página. Cuando un libro se abre siempre por la misma página, es que tiene algo importante que decirnos. Veamos el mensaje.

NATACHA.- “Dios”.

RAMÓN.- Debí imaginarlo. Es la primera palabra. La que principió todas las demás. Podemos, pues, empezar.

NATACHA.- Estoy deseando.

RAMÓN.- Un momento. ¿No echa en falta una cosa?

NATACHA.- Usted dirá.

RAMÓN.- El vaso de agua. Un conferenciante no es conferenciante sin el vaso de agua. Sólo hay un conferenciante que no bebe agua.

NATACHA.- ¿Quién?

RAMÓN.- El borracho. (Ramón se alcanza un vaso de agua) Ahora voy a demostrar cuál es el momento de máxima atención en la conferencia (Bebe unos sorbos de agua).

NATACHA.- ¿Cuál es ese momento?

RAMÓN.- Cuando el orador bebe unos sorbos de agua.

NATACHA.- ¿Podemos, pues, empezar?

RAMÓN.- ¡Adelante!

NATACHA.- Muy bien, ahí va la primera: “Cubismo”.

RAMÓN.- El Cubismo es el arte de hacer mal los puzles. Es pintar balalaicas donde habría guitarras. Es retratar con espejos rotos.

NATACHA.- “Payaso”.

RAMÓN.- El payaso gusta tanto a los niños por que tiene cara de tarta y nariz de guinda. Él mismo es un niño que se ha puesto la ropa de su papá y el maquillaje de su mamá. O quizás le quede grande la ropa porque dio al sastre las medidas del alma. Todos los niños debutan como payasos al comer el primer helado.

NATACHA.-“ Torre”.

RAMÓN.- De todas las torres, la más famosa es la “Torre Eiffel”, único caso arquitectónico en que el monumento es el andamio y no el edificio. Enorme caballete que sostiene el gran cuadro de París, a la torre Eiffel le deberían dar al menos una mano de pintura, pues el día que se oxide y se caiga, caerá también el paisaje de París…Y si la “Torre Eiffel” está hecha de andamios, el más difícil todavía es la torre humana, hecha con los mismos albañiles… A las torres también les pueden afectar las huelgas, como a la “Torre de Babel”. La primera huelga de la construcción fue la de la “Torre de Babel”; el patrón y los obreros intentaron llegar a un acuerdo, pero hablaban lenguas distintas…La torre más curiosa es la “Torre de Pisa”, empeñada en prescindir de las escaleras, pues cada vez se inclina más y más y llegará un día en que se pueda subir al piso de arriba sólo con levantar el pie. La “Torre de Pisa” es la única torre que, en lugar de elevarse, desciende. Se puede opinar también que inclina la cabeza para que la bauticen en el vecino “Baptisterio”. “La Torre de Pisa” es una torre que nació para el turismo, y ella lo sabe y posa con afectación para los turistas. ¡Que no enderecen nunca la “Torre de Pisa”, o se acabará en Pisa el turismo!

NATACHA.- “Litera”.

RAMÓN.- No me gustan las literas. No me gusta que me plagien los sueños.

NATACHA.- “Molino”.

RAMÓN.- El molino detenido es un molino pensativo. El molino tiene el abanico roto. La pared del molino está blanqueada con harina.

NATACHA.- “Palabra”.

RAMÓN.- Con mucho gusto diré unas palabras sobre la palabra, que es la señora que me mantiene. No me declararé partidario del Nominalismo, pero hay que entender que a las cosas también les gustaría tener un nombre idóneo que no desentonara con su forma de ser. Hay pocas palabras que han tenido la suerte de un nombre a la medida. Palabras como “columna”, que es una palabra maciza y compacta como la piedra. “Asfixia”, cuya equis amenaza con asfixiarnos. “Almohada”, que es gracias a la hache la palabra más mullida del diccionario. “Prestidigitación”, que es ella misma un malabarismo de palabra. O “¡socorro!”, que tiene oes de salvavidas. Otras palabras fueron hechas con la mala intención de que dudemos. ¿Para qué sirven las voces “estalactita” y “estalagmita”?: Para que dudemos. Tengo la sospecha de que han sido acuñadas por una conocida casa editora de diccionarios.

NATACHA.- “Afilador”.

RAMÓN.- El oficio de afilador es sólo un pretexto para tocar la siringa. Afilar cuchillos consiste en frenar una rueda de locomotora, produciendo chispas y estridencias. El afilador es feliz pero pobre, y no hará un solo kilómetro hasta que no amortice la bicicleta.

NATACHA.- “Violín, violón, violoncelo”.

RAMÓN.- Este terceto me suena a velatorio: el violín llorando, el violoncelo rezando y el violón lamentándose. Los tres tienen algo de ataúd. Los tres son plañideras en cuyo rostro resbalan dos lagrimones en ese.

NATACHA.- “Ecuador”.

RAMÓN.- El Ecuador es la faja que le da el calorcito a la Tierra. Lo que más le fastidia al Ecuador es confundirlo con los meridianos y paralelos, que son los husos que le quedaron marcados al Mundo cuando El Creador lo bendijo.

NATACHA.- “Zoológico”.

RAMÓN.- Se llama zoológico y debería llamarse “zoo-ilógico”, pues su naturaleza se encuentra en estado antinatural. Los animales que nacen en los zoológicos creen que el mundo es sólo un decorado pintado en cuaderno de rayas. Y los niños que visitan los zoológicos creen que los tigres y las cebras tienen rayas por tomar el sol tras las rejas.

NATACHA.- “Mujer”.

RAMÓN.- Al oír esa palabra me ha dado un vuelco al corazón. No sé por donde empezar. Intentaré ser breve… La mujer es la única obra de arte que se retoca a sí misma, la única flor que cambia de perfume. La mujer es como la luna, que cuanto más se esconde más la miran, y hasta cuando no está todos señalan donde no está… Hay mujeres lánguidas con pamela de ala caída. Mujeres tímidas que se tapan la cara con celosía de mantilla. Mujeres de cutis delicado que se abanican con “pai-pais” de seda. Mujeres con peineta que parecen guitarras. Mujeres rubias con boina roja que vuelven a ser colegialas. Mujeres japonesas que se hacen el moño con agujas de punto. Mujeres trapecistas, que son las bellezas más inalcanzables. Y mujeres en traje de novia, que tienen por un día la sombra blanca.

NATACHA.- “Eternidad”.

RAMÓN.- En la Eternidad hay crucigramas de mil palabras, los relojes tienen mil horas. En la Eternidad el aburrido en la Tierra será un aburrido eterno y el divertido conocerá el divertimento eterno, por eso hay que prepararse en esta vida: el que ría al principio reirá también al final, y siempre, por los siglos de los siglos.

NATACHA.- (Riendo) ¡Vaya sermón!

RAMÓN.- Quiero decir que ya en el “más acá” hay que vivir pensando en el “Mas Allá”

NATACHA.- ¿Por favor, me podría indicar cómo se va al “Más allá”?

RAMÓN.- Sí, faltaría más… Pues siguiendo la dirección que marcan las agujas de las catedrales góticas, auténticas flechas direccionales al Más Allá. Pero es un camino muy largo, y los indicadores kilométricos dicen siempre lo mismo: “más allá, todavía más allá”. Casi es mejor que le indique otro camino. El camino más seguro es seguir los tubos de los órganos catedralicios, pues en esos tubos nacen las tuberías del “Otro Mundo. Pero llega un momento en que se acaba el tubo, y para seguir subiendo se necesita algo más…

NATACHA.- ¿Qué?

RAMÓN.- Unas alitas de ángel.

NATACHA.- “Ballet”.

RAMÓN.- El ballet es el arte de volar en el suelo. Cuando la primera bailarina hace el número solista convierte la escena en una caja de música. El clímax del ballet es cuando la bailarina está a punto de transformarse en muñeca.

NATACHA.-¿Y qué se lo impide?

RAMÓN.- El anillo de prometida.

NATACHA.- “Reloj”.

RAMÓN.- Los relojes palaciegos detestan la sincronía con los plebeyos, por eso se atrasan o adelantan… El reloj más puntual es el Big-Ben, especializado en dar la hora del té… El reloj más curioso es el reloj de cuco, reloj que parece la máquina de fotos con el pajarito incorporado, sacándonos la instantánea de cada hora, de modo que si las revelásemos tendríamos la película de toda nuestra vida… El reloj más sencillo es el de sol, aunque probablemente los ingleses los llamen “de sombra”; el único inconveniente es que cuando se nubla el cielo, hay que llevarlo al relojero… Una vez tuve un reloj de bolsillo. Lo llevaba en el bolsillo de la chaqueta, pegadito a mi pecho, así que hizo amistad con mi corazón y se convirtió en su confidente. Cuando estaba enamorado, contagiado por el corazón, el reloj se adelantaba; y en mis ratos de melancolía, se atrasaba. El reloj de bolsillo tiene la ventaja de que no se lo deja uno nunca olvidado, pero el inconveniente de que se lo puede confundir con una moneda. Mi pobre reloj tuvo un triste final.

NATACHA.- ¿Pues qué le pasó?

RAMÓN.- Se me cayó en una copa de coñac y se embriagó, convirtiéndose en una brújula.

NATACHA.- ¡Bravo! Ramón, usted no es un escritor: es una fábrica de greguerías.

RAMÓN.- Sí, una fábrica con chimenea de pipa.

NATACHA.- ¿Cómo llegó a la greguería?

RAMÓN.- Como se llega a los descubrimientos salvadores de la humanidad: por urgente necesidad. Fue un agosto pesado y aburrido como el fondo abisal marino. Se había extendido por Madrid una epidemia de aburrimiento. Los médicos recetaban reconstituyentes y una semana en la costa, pero la costa se llenó de aburridos y el mar no tenía ya ni el cansino flujo y reflujo de las olas, afectado por una calma chicha como no se recordaba en muchos siglos. Los mismos médicos estaban enfermos de aburrimiento, y ponían con disimulo en la consulta el letrero de “cerrado por vacaciones en la costa”. Viendo la gravedad de la situación tuve que personarme con mi maletín parar reconocerlos y prescribir el remedio.

NATACHA.- ¿En qué consistió?

RAMÓN.- Simplemente les descubrí que la cosas no son aburridas, sino uno mismo, debido a su actitud aburrida y sosa. Un oficinista se quejaba de estar cansado del sifón, y yo le hice ver que de lo que estaba cansado era de decir siempre “sifón”. Le hice una demostración pidiendo al camarero que nos trajese “ese grifo emancipado y con negocio propio”. El sifón se sintió tan halagado que nos sirvió el soda con un extra de burbujas. Ese día brindamos con agua carbónica para celebrar el descubrimiento de la greguería.

NATACHA.- ¿Se podría decir que el agua del sifón es un agua fresquita que hierve?.

RAMÓN.- Pero no lo pregunte: ¡Afírmelo!, y habrá comprendido lo que es una greguería. La greguería es la afirmación que nace del optimismo. La greguería es un capotazo de verónica a la seriedad senil del mundo. Es proveerse de puntos suspensivos en las copas de champán. Es abotonarse con cuidado la camisa por temor a un descarrilamiento de botones. Es preguntarse qué peluquero le cortó al toldo tan primorosamente el flequillo. Es conquistar el corazón de una florista atreviéndose a regalarle flores. Es sospechar que todo es mentira menos el calendario. Es asomarse a un tríptico gótico como a una ventana que da al pasado. Es viajar a la Acrópolis en busca de pisapapeles. Es doblar las sábanas con el rito de una antigua liturgia, podar los rosales como si se les hiciera la manicura, limpiar los zapatos de charol con plumero. Es regañar a un loro por burlarse de las palabras. Es consolarse pensando que el anillo colado por el desagüe del lavabo ha acabado en los dedos de una sirena. Es explicar un misterio con un nuevo misterio más profundo.

NATACHA.-¿A qué se refiere?

RAMÓN.- ¿Para qué cree que los fotógrafos se ocultan bajo el faldón negro?

NATACHA.- ¿Lo sabe usted?

RAMÓN.- Para dibujar la foto.

NATACHA.- No lo hubiera imaginado.

RAMÓN.- ¿De qué cree que viven los traperos?

NATACHA.- De su trabajo, supongo.

RAMÓN.- De lo que encuentran en el fondo de los sillones.

NATACHA.- Es sorprendente.

RAMÓN.- “Sorpréndete a ti mismo”. Éste debería ser el verdadero lema. Pues en conocerse a sí mismo tarda uno poco, y en el mismo momento comienza uno a aburrirse (RAMÓN le hace a NATACHA señas de que deben terminar ahí la entrevista).

NATACHA.- “Ramón”, desgraciadamente se nos acabó el tiempo. Ponga usted el broche final con la última greguería.

RAMÓN.- La acabo de escribir en el vaho del espejo cuando me duchaba para salir en la radio.

NATACHA.- Queridos oyentes, es “Ramón” en las ondas para toda España.

RAMÓN.- “La emisora más difícil de sintonizar es el agua templada de la ducha”.

(NATACHA aplaude con entusiasmo).
 

TELÓN
 

FIN DEL ACTO PRIMERO
 

© 2000. Roberto Lumbreras Blanco.
 
 

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