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POESIA |
JAUME D'URGELL. El autor.
Algunos de los textos aquí expuestos son obras compuestas originalmente en euskara o catalán. Si os interesa leer más podéis consultar su sitio web: www.durgell.com. Ahí también encontraréis su biografía.
11 POEMAS Y UN RELATO BREVE de JAUME D'URGELLSelección de su obra. Por cortesía del autor
¿Por qué?
Hablas de amor,
amor;
con palabras que ignoras
si llegan a mi orilla;
con destellos que no sabes
si alguna vez veré.Hablas de amor,
tal vez;
sin saber lo que es amar,
amor;
sin pensar que tus palabras
no son nada...
nada más.Hablas de amor
—amor—,
y practicas mi final;
un simple adiós
a media voz,
por las palabras...
que no dirás.
Esta mañana
Esta mañana al despertar
y ver tu tierna sonrisa;
al sentir tus suaves caricias
y rozar tu piel hermosa.Esta mañana,
supe que todas las lágrimas,
que todas las decepciones,
todos los llantos y golpes
valieron la pena, porqueesta mañana,
he descubierto que la felicidad,
la Felicidad —cariño mío—,
la felicidad es cada instante,
cada momento, junto a ti.Esta mañana,
esta mañana... ¡ah! esta mañana.
¡Qué no habría hecho yo esta mañana!,
Quise darte un abrazo infinito,
y fundirme contigo, esta mañana.Esta mañana...
esta mañana no tendrá tarde,
ni nubes, ni noche, ni horas,
ni otra que se le parezca.
Esta mañana será siempre.
Soñarte
Cerré los ojos y te soñé,
no esperaba dormir,
—y mucho menos soñar—,
tan sólo cerré los ojos
y te soñé.Ni siquiera era de noche
—dormitaba por hastío—,
cansado de sólo imaginarte,
harto de tu vacío,
recordando este futuro.Llegué incluso a creer,
que así como yo a ti te soñaba,
me soñabas tú también...
que nuestros sueños tenían lugar,
aunque sólo fuera entre tú y yo.Habré soñado tantas veces
tu mirada, tu ternura y tus abrazos,
tus palabras, tu cariño y tus cabellos,
que si algún día llegaran a faltarme,
no volvería a despertar.Cerré los ojos y te soñé,
no esperaba dormir,
—y mucho menos soñar—,
tan sólo cerré los ojos
y te soñé.
Silencios
Escucho a oscuras los silencios que has dejado,
tan fríos y azulados que se antojan irreales.
Silencios que de noche parecen desiguales,
silencios alejados, como ecos del pasado.Escucho a solas los compases que hoy no tocas,
parecen tristes olas, que añoran sus luceros.
Noche-nueva oscura, de semblantes insinceros,
quebrantas mi cordura y los sueños desenfocas.Escucho en la noche tus matices inaudibles,
redobles que son broche de mágicas canciones;
sonidos de antaño, hoy regresan impasibles.Escucho en mis recuerdos rogarte mil perdones,
y respondes sin palabras, palabras terribles,
palabras que no saben que tú eres todas mis razones.
Ausencias
Cuando tú no estás,
el aire no se mueve
y solamente pienso
en cuándo volverás.Cuando tú no estás,
el tiempo se detiene
y lo único que siento
es no poderte abrazar.Cuando tú no estás,
un vacío lo llena todo,
y mi único deseo es
quererte un poco más.Cuando tú no estás,
yo tampoco estoy;
nada hay, nadie está
cuando tú no estás.
Miradas
Te miro y no te veo,
y me oyes, pero no.
Me quieres y te quiero,
pero verte... eso no.Nos vemos sin mirarnos,
perdidos a lo lejos.
Gritamos sin saber,
si hablamos a la vez.Me miras y no me ves,
y te oigo, pero no.
Te quiero y me quieres,
pero verme... eso no.Quiéreme, alma mía,
que sin ti muero cada día;
tu mirada son mis ojos,
y tus palabras... la vida.
Tú
Instantes después de treinta años de
vacío, treinta años de espera, treinta
áños a cual más convencido de que
no podías ser sólo un sueño...Iluminas hoy cada rincón de mi vida,
gris y oscura, fría e inmóvil. Sin ti
nada sería igual; nada sería lo que
ahora es... como si no hubiera Sol,
como una vida sin recuerdos,
infinitas horas de nada, y nada que
olvidar. Que suerte que estés tú.
Ocaña
Verdes laderas de Sierra Morena
guardáis secreto en la memoria,
de la más triste y bella historia
que se ha cantado a la Macarena.Placer y amor,
dulzura y luz,
calor y vida;
¡Libertad!Cuando agitas mi voluntad
y comprometes mi destino,
no es pecado, es mi camino
lo que rompes sin piedad.Lo que yo doy
tú me lo ofreces,
lo que tú das
me vuelve loco.Tu sudor resbala a media luz
entre las sombras de mi ventana,
que el Sol penetra esta mañana
en tu furor de bravo andaluz.Todo tu amor
y toda mi fuerza;
tu mayor hombría
y mi mejor ternura.En tu pintura prende mi pasión,
mientras tu alma enciende mi deseo,
y él mismo quema cuanto poseo:
mi Libertad, que arde en tu corazón.
Lluch
“La palabra lo puede todo”
—nos decías a menudo—,
“La palabra todo lo puede”,
algo que incluso al miedo asusta.Lo sabías padre,
y no hiciste caso alguno;
ya lo ves amigo,
existen personas tan equivocadas...Hoy las cuatro barras
han perdido su estrella,
esta noche...
la oscuridad es más pesada.¿Quién ha sido el cobarde
que nos ha roto el corazón?Vuelve pronto compañero,
profesor y catalán;
tu ausencia nos duele.Soldado de la palabra,
niño de cincuenta años,
no imaginas cómo te echamos de menos.
Hoy
Hoy he sabido que ya es mañana.
Siempre supe que algún día sería hoy,
pero me negaba a saber tal cosa,
como si cada día empezara un nuevo ayer.Ahora sé lo que ya sabía:
ellos —los otros—, tenían razón.
Mas, ¿cómo podía ser verdad?
¡si hoy es como ayer!Diecinueve noches, veinte días,
diez minutos, quince horas.
Y en sólo diez segundos...
qué más dá: ya es mañana.Hoy he sabido que iba a escribir esto,
lo había pensado antes —no de veras, claro—,
pero es verdad:
mañana, no habrá Sol.
Lejos
Cierra los ojos... sigo aquí:
en mitad de la magia del azul,
en el lugar dónde nace la luz,
más allá del Mediterráneo... sigo aquí.Cierro los ojos y aún te veo:
despegas mar adentro, pero no te vás,
volverás com las olas, como golondrinas,
como el ave negra del campo amarillo... sigues aquí.Abre los ojos, txikitxu... sigo aquí:
lejos de nuestros pequeños países,
lejos de todas partes, lejos, muy lejos de ti,
más allá del rojo de poniente... sigo aquí.Abro los ojos y aquí estás:
estas en el verde del bosque y en el azul del cielo,
eres como un espejismo y como una estrella,
aquí sigues... y ya te echo de menos.
“EL BANCO”
Sí, lo sé… lo había omitido… ¿sabes…? algo en mi se niega a olvidarlo… intento apartar su imagen de mi mente, pero ésta regresa una y otra vez para recordarme que siempre estará ahí… conmigo.
Uno va haciendo vida, como dejando que todo pase… como si aquello jamás hubiera tenido lugar. Y entonces… cuando cree haberlo olvidado… ahí está: el banco.
Ese día —cuando lo encontré—, estaba allí: inmutable, firme y estoico —como surgido de la nada—, uno, como cualquier otro —de esos… con barras de madera—, curtido entre la brisa y el salitre, parador de gaviotas y de algún que otro anciano pescador.
Alrededor: las vías, el Stella Maris, el caserón de los prácticos y salvamento, el batzoki, una pequeña ermita, varios bloques de pisos, la cofradía, el parque —con un altillo para los músicos—, un kiosco cerrado y no muy lejos… el viejo faro.
Me esperaba —me había esperado siempre—, en mitad el aquel extraño parquecito… como construido para mi.
Aquel, fue el banco en el que dormí la primera vez que dormí en un banco.
Ese día supe que no tenía casa, ni mucho menos familia, ni letras, ni pasado, ni música, ni amigos de verdad.
“A menudo tomamos decisiones cuyo alcance no llegamos a comprender hasta que ya es demasiado tarde”. Terribles palabras… que no se acaban de ir de mi cabeza… palabras que vuelven con fuerza —como la imagen del banco—, justo cuando más daño pueden hacer. Terribles… y ciertas… teñidas de aparente lejanía cuando aún creemos que mamá vendrá otra vez.
Aquella noche, la del tres al cuatro de septiembre de mil novecientos noventa y cinco fui —por primera vez en casi veintidós años—, consciente de lo solo que estaba. Presa de ese vértigo extraño que acecha cuando te sabes solo frente a la vida, cuando te enteras de que la muerte se ha llevado al último de los tuyos; con dinero para bocadillos hasta el jueves… un nombre que no era mío… una sola muda y el alma hecha pedazos.
Lo tenía ahí, frente a mis ojos: insolente como un espejo, firme como una piedra, frío como la muerte.
Hasta en cuatro ocasiones traté de darle esquinazo… pensé quedarme junto a la barandilla, a escuchar el tímido chapoteo del vaivén de las olas, que mueren en la oscuridad, entre las pilastras que sostienen la parte vieja del muelle… quedarme a mirar, sentir el mar de noche; des-esconder lomos de ajenos pececillos que aletean entre los botes antes de volver a la nada que los creó.
Por tratar… traté incluso de matar el tiempo entreteniéndome con unos chicarrones de casi mi edad, que por algún motivo cambiaron de tema al acercarme. Se les veía serenos, vecinos del barrio y en su mirada… ese ávido resplandor que únicamente tienen quienes están dispuestos a cambiar el mundo. Maravilloso —pensé—, y sin embargo… tan errados respecto al cómo.
Luego vendría el viejo faro —que ya no proyectaba sino sombras a merced de las cuales se fundían los cuerpos desdibujados de marinos de ultramar—. Sórdido y extraño, breve pero intenso —si bien no exento de cierto riesgo—.
Mi equipaje. Todo cuanto tenía estaba en un fardo abyecto por cuyo cuidado apenas pude dormir… ¿dormir…? morir… no más.
Abrir los ojos antes de las tres se puede sobrellevar… a decir verdad: duele mucho más recordar quién eres y dónde estás, que lo que cuesta volver a perder la consciencia. Hacerlo al alba es muy distinto: lo primero que sorprende es lo frío que puede llegar a ser el despertar de un nuevo día. Frío… se diría que por él abrí los ojos.
El banco, parecía ahora pesar más en los huesos que en el alma. Me daba la vuelta cada diez minutos o quizá un cuarto de hora… y lo que al principio solo era un doloroso hormigueo, no era ahora sino el gélido suspirar de la noche junto al mar… desnudez inocultable. En otra cosa… intentaba pensar en otra cosa.
Mientras —o quizá por eso—, la voz que jamás calla hizo presa de mi razón: “…el banco, te lo tienes merecido… no te gires aún… ya lo sabías… evita el peligro… no destaques… gírate… ¡atento! …ya te lo dije… ¡te miran!”.
Cerré los ojos y confié en que un anticipo de la muerte se lo llevara todo: despertar hacia las ocho, esperar un poco más y contemplar el amanecer junto a un cristal, con los primeros rayos de sol… tomar un buen tazón de chocolate y una ración de churros… en paz. —Apenas un pequeño despilfarro… uno más—.
Lo cierto es que no estaba solo… esa noche fuimos al menos dos quienes compartimos nuestros sollozos ahogados en vino, alejados de lo cercano, indiferentes incluso a nosotros mismos… aunque quizá solo fue una noche más…
Le vi dormitar en otro banco —su banco—, bajo el pórtico de la vieja ermita, a resguardo de la brisa —pero no de los extraños—.
Me llamó la atención una luz amarillenta que asomaba por el ventanuco de una casa que debía ser la del párroco… vendría a dar casi a dos metros justo encima del oscuro bulto que formaba aquel pobre desgraciado. Le di algunas vueltas en la cabeza… “tanto esa bombilla como todo cuanto alumbraba se paga con el dinero para los pobres… y eso hoy debería incluirme a mi… ¡qué cosas!”.
Mi retina me traía las imágenes del domingo… recordaba con asombro aquella extraña taberna que hacía las veces de economato y sala de culto, y cuyo acceso sólo pude franquear mostrando mi libreta de inscripción marítima; recordaba mi reciente paseo por la vasta ciudad desconocida; el incómodo viaje en tren; palabras de gente que conocía; lugares que sentía como propios y que ahora se me antojaban perdidos para siempre… pensaba en qué haría cuando se me agotara el dinero… en comerme el orgullo y suplicar amparo a… ¿a quién?
Las cosas en las que uno pude llegar a pensar… qué te ha llevado a donde estás… que bien que están los demás… me comería entera una de esas cajas de galletas que nunca habría imaginado que algún día querría comer… y una ducha ¡Dios mío, una ducha, por favor!… una cama… y un poco de silencio.
A estas horas, los chicarrones idealistas de seguirían dormidos en las camas que sus madres prepararon la mañana anterior. A escasos metros, alguien tenía más suerte que yo.
Y esas tonterías justas que farfullan en mi mente… que si por qué el Rey lo es… que si el párroco no trabaja. Pensaba… que tanto el señor que dormía en la otra esquina como yo mismo, un día fuimos bebés… como el Rey, y como el párroco, como los chicarrones de anoche, y como todos los demás. Entonces… entonces sí teníamos familia… nos hacían carantoñas, importábamos a alguien… ¿dónde estará hoy toda esa gente?
Por fin de mañana, me acerqué a ver a mi compañero: era ya muy mayor —incluso pudo haber sido mi padre, el de verdad—. Tenía una botella junto a él y su rostro reflejaba una mirada a los infiernos. Me estremecí ante la posibilidad de sufrir como él hasta su edad.
Tras eso, busqué una cafetería en la que poder tomar mi ansiado chocolate con churros. Escudriñé un periódico y encontré una salida que —aunque algunos habrían tachado de fácil—, me sacó de la calle, de mi parque, me alejó de mi banco y de todo aquello.
Han pasado casi nueve años y jamás he vuelto por allí. Un día he de hacerlo y ver qué ha sido de mi banco, de esos chavales, del Stella Maris, la bocana, el parque, las dársenas y todo lo demás.
Quién sabe si anoche, alguien durmió en mi banco; encogido, atento, asustado, con el alma destrozada y sin apenas fuerza para derramar lágrimas que nadie habrá visto caer.
© Jaume D'Urgell
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