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EL DESENCANTO de ANTONIO LOPEZ DEL MORAL RODRIGUEZRelato escrito en Noviembre del 2004 por el autor de "El Cuaderno de los Reflejos Rotos". Por cortesía del autor.
(Madrid, España)
El desencanto no es la nieve, no es el polvo, no es el frío en los cristales, no es una mirada, ni un destello, ni una sombra, no es una flor marchita y olvidada, no es una soledad con libros, no es otoño; el desencanto sólo es un sitio al que se llega. El desencanto cae de pronto, inesperado, y te atrapa y sacude, y te acongoja, y te abandona en tus ensoñaciones rotas, en esas ilusiones que, de pronto, parecen decorados, calles viejas, pueblos desiertos en un desierto de Almería, de cuyas casas no saldrá el fantasma a recibirte. El desencanto sólo existe cuando llueve, cuando te quedas solo en casa, cuando escribes. El desencanto es aire y nada más, la lluvia sola, la brisa silenciosa, es el retrato, un óleo envejecido, una mujer que mira y te desea, tan lejana, tan ausente, tan distinta. El desencanto es y no fue, y desaparece, y no existió, y regresa de pronto en la mañana, y te descubre horrorizado en un espejo, o cansado ante una sombra que huye, y es la tuya. Qué desencantadas travesías de ciudad que se deshace despacio entre lamentos, qué miradas fugaces de pasillos, escaleras mecánicas que nunca nadie sube, ni baja, ni se acerca, ah, los soportales húmedos y fríos, los besos que se perdieron en sus sombras. (Me desencanté a tiempo, corazón, de tu abrigo colgado en mi perchero, de tus sonrisas de niña superpuestas, de tus uñas pintadas con tinta de bolígrafo. Me alejé despacio, mirándote y sin escapar, esperando que tu mirada de Medusa me petrificase en el sitio. Me fui, como un cadáver, sin decir adiós, como el muerto de tu ausencia, me perdí en las calaveras y las tumbas, me marché, sí, y te lloré, y no quiero ahora, amor, seguir hablando de nosotros, porque en esta tarde del invierno frío sólo estoy escribiendo sobre el desencanto). Es playa, es vacío, es algo frío y hermoso, y acabado, el desencanto tiene la perfección de lo concluso, la nitidez de lo real, la incontestabilidad de lo palmario. El desencanto se confunde y se falsea, es un espejismo blando de nicotina y salsa Perry's, el desencanto podrías ser tú, o yo, o alguna mañana, o una piscina vacía y alfombrada, musgo arborescente, una seta arrancada, una ventana abierta y una cuna, un vaso vacío, una sombra de beso en una copa. Se confunde y se falsea, sí, o yo lo confundo, lo he visto en tantas ocasiones, demasiadas tardes asfixiado, demasiadas mañanas respirando otros alientos, demasiadas, o quizá no, quizá aún me faltan.
Hubo desencanto en la mirada, yo tenía siete, u ocho años, acabábamos de salir del médico, de atravesar por el pequeño drama de hacerme un análisis de sangre. Cuánto odiaba yo aquellas mañanas frías de ayuno y pinchazo, cuánto me dolía la anticipación de aquel terror. Pasaba las noches sin dormir, angustiado por la perspectiva terrible que me aguardaba, y me levantaba tan cansado que apenas podía andar, y me miraba en el espejo y veía un niño mucho más enfermo que yo, un pequeño fantasma blanco que me observaba aterrorizado, atrapado en el azogue. Mi madre procuraba aliviarme el disgusto con la promesa de uno de los desayunos que tanto me gustaban, chocolate con churros, ajetreo de la ciudad, atascos matutinos, el ruido, las lágrimas de un desconocido en el espejo, las extrañas ansias de llegar y de escapar a la carrera. Chocolate con churros, sólo eso me consolaba del mal rato de la consulta del practicante, del esotérico ritual, de la ceremonia satánica con aquel pequeño ataúd metálico en el que ardía una jeringa de cristal en su lecho de alcohol. La habitación parecía un infierno de sombras y destellos de fuego, y el sarcástico practicante y sus dedos desmesurados, su obesidad tremenda, amenazadora y obscena, sus comentarios crípticos, breves y contundentes como explosiones, su bata blanca, la mefítica sonrisa de desprecio con la que contemplaba mi terror, todo eso me acongojaba y me hacía desear huir lo más rápido posible, todo eso sólo lograba superarlo con la perspectiva del chocolate con churros. Pero aquella mañana algo se torció, salí de la consulta, como siempre, a punto de llorar y de hundirme en ensoñaciones de plomo y mercurio, salí casi corriendo hacia la cafetería, empujé la puerta de cristal, y el amable camarero se inclinó hacia delante, y sonrió, me dio los buenos días, y me preguntó qué quería tomar.
- ¡Churros! –casi grité, dolorido aún por lo que acababa de pasar en la consulta de Mefistófeles.
- Churros… -repitió, antes de añadir:- No nos quedan, lo siento. El desencanto no fue el hecho de que me dijese que se habían terminado, el desencanto fue la expresión que se le quedó en el rostro cuando yo di media vuelta y contesté: "ah, bien, entonces nos vamos". Yo me desencanté de mi consuelo en forma de churros, el camarero se desencantó con mi pequeño disgusto, mi airado y dignísimo rechazo, mi mutis por el foro, y el cabrón del practicante desencantaría sus manipulaciones engrasadas con el pavor de diez o doce niños diarios, pequeños desencantados de la vida, de la infancia feliz, del tiempo perdido que nunca, como empezaban a entender en ese momento, llegarían a recuperar del todo, aunque lo buscasen.El desencanto, la extrañeza sosegada, la casa devastada y la habitación en sombra, el desencanto es una ilusión venida a menos, es caer de bruces en la acera, un empujón no tan brutal, pero sí lleno de telarañas pegajosas, de sábanas húmedas que te atrapan y no te dejan escapar. Desencanto, sueño melifluo y feble, caricatura, castillo de arena pisoteado, mar de sal sin sal, no sé si me explico. Porque el desencanto final, el de verdad, el único al que se llega con los años, es un paisaje blanco y suave, una llanura, un páramo de ausencia, un lago en la luna. Conducía hacia el trabajo no hace mucho, atrapado como siempre en mil atascos, conducía despacio y a empellones, conducía escapando de fantasmas, realidades, miedos y pasiones, extrañas luces que atraían, conducía, corazón, tan sin ti, tan de repente, tan absurdo, conducía porque conducir ha terminado por convertirse en la única manera de moverse sin pensar, y también, o sobre todo, conducía hacia el trabajo, y llegaba tarde. La carretera de circunvalación me fagocitaba, me absorbía, me convertía en un ausente de mí mismo, la carretera de circunvalación es una metáfora del círculo perfecto, el viaje a ninguna parte del que hablaba Fernán Gómez, pero sin cómicos y con actores tristes y encerrados en ataúdes de hierro y cristal. Carretera de circunvalación, el círculo se cerraba, como en esa maravillosa y extraña película yugoslava Before the Rain, el círculo me llevaba en su ineludible espiral hacia el desencanto, el desencanto que hacía ya varios días que me embargaba, escapaba del atasco y quedaba varado en el desencanto, en las playas extensas y vacías del final de algo que no terminaba de cuajar. Dolor de no sentir y sentimiento de daño, el rostro de un desconocido grabado en la sábana que había cobijado hasta el momento mi cadáver, sólo podemos caminar a tientas, sólo somos capaces de improvisar, los planes son andamios que se rompen, tejados de cabañas devastadas por la tormenta. Conducía hacia el trabajo y soñaba con mi resurrección no al tercer día, sino cualquiera, el que llegase, conducía y se rompían mis costuras, y encontraba insectos nucleares alimentándose de mi carne y de mis dudas, y me intoxicaba de monóxido y desamor. Conducía y en la radio, en el programa de Gemma Nierga, hablaba José Luis Garci. Lo que más me llama la atención de este tipo es su aparente desapego, la forma en la que es capaz de mezclar la pasión concentrada por el cine, la literatura, las historias, la vida, con una actitud de escepticismo y alejamiento. Da exactamente la impresión de que todo le importa un rábano, que no cree en nada de lo que está haciendo, que en la monumental estafa de la que ha sido víctima, aún no está convencido del todo de que la estampita no sea un billete auténtico de lotería. Garci hablaba sobre su obra, sobre el cine, sobre la España que le había tocado vivir, la dictadura, la transición, etcétera, y en un momento determinado, sin que tampoco viniese mucho a cuento, lo soltó.
- Yo es que, lo que hubiera querido ser de verdad, es futbolista. Gemma se sorprendió histriónicamente. ¿Futbolista? ¿Y qué pasaba con el cine? Entonces Garci arqueó –debió arquear- las cejas, debió pasarse la mano por la rala barba, debió encogerse de hombros, doblar la boca en ese gesto tan característico suyo que probablemente no sea más que el reflejo de un músculo muerto, y respondió que, después de todos los años que llevaba haciendo películas, tenía que reconocer que no había conseguido nada que mereciese la pena. Gemma volvió a sorprenderse. ¿Pero qué estaba diciendo? ¿Y qué pasaba con el Oscar, con los premios recibidos, los reconocimientos, los programas de televisión que presentaba? ¿Qué ocurría con la pasión que destilaba cada vez que hablaba de Hitchcok, o de Capra, o de Bergman? ¿Dónde estaban los fotogramas esculpidos, los momentos decisivos, las miradas y los valles, dónde las sorprendidas madrugadas? Garci hablaba casi sin hablar, Garci se refería, sí, al desencanto, era desencanto en estado puro, el cansancio, la bruma, la distancia, Garci estaba sin estar, o no estaba en absoluto, Garci regresaba, de vuelta, en fin, de la nada, de la vida, de todo.Es demasiado fácil dejarse llevar por el puñetero desencanto, el pequeño demonio dulce de dientes afilados, la punzada golosa de la autocompasión, la brisa amarga, es tan sencillo sentir pena de un camarero que no tiene churros que ofrecerte, y desencantarte con su desencanto, con el mal rollo que le produce no disponer de desayuno para un niño caprichoso. El desencanto es eso justamente, un niño tonto, una madre abnegada, un camarero solícito y testimonial, una mañana fría en la que ese crío despistado regresa de hacerse un análisis de sangre. El desencanto es luz de invierno, indefinición, mermelada industrial, el desencanto es pasión puesta a secar, y no se entiende el uno sin la otra, porque, para que exista desencanto, tiene que haberse dado, previamente, la pasión. (Me desencanté de tantas cosas, corazón, me desencanté de la brisa y de la lluvia, me desencanté de tus silencios, de tus miradas ausentes y de niña, de tu extrañeza azul alucinada, me desencanté de esperarte siempre tarde, de soñar una vez más con tus sonrisas, de jugar con ese maldito perro tuyo, de tu hermano, de tu padre, de tus blancos calcetines de colegio, de tus historias locas, tus cigarrillos sueltos, tus visiones, tus cartas, tus asuntos, me desencanté y te olvidé, y ahora, al regresar al desencanto, te recuerdo de nuevo, ya ves tú).
Atrapado en el azul del desencanto, extraño y absurdo, y un poco atrofiado por la corriente cotidiana, escribo y continúo, escribo porque no se puede hacer otra cosa. Escribo para decir la última palabra, según Groucho, escribo y pienso sin pensar en el camarero, en los churros, en el desencanto, en los calcetines blancos y los cigarrillos sueltos, en el tiempo, en la lluvia y en el té, en la enfermedad y en los silencios, en las miradas, los braseros, las mesas camillas y las cajas de herramientas. Pienso en todos los desencantos y en sus formas, en la manera en la que han ido llegando, tan despacio, en que después se han esfumado y ya no han vuelto, pienso en el desencanto y en su misterio crepuscular de figura literaria, su sombra alargada de ciprés que crece en un cementerio sin muertos, un cementerio en el que la única tumba es la de ese otro misterio de la ilusión, ese animalillo inquieto e inesperado del que hablaré en otro momento, que ahora ya me voy a dormir, coño.Noviembre 2004
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