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CORDERO DE DIOS
Autor: Sor Fortunata de la Santa Cruz

“Réquiem aeternam dona eis Dómine... et lux perpetua lúceat eis …»

Luz, eso fue lo que te faltó, hija mía, Clarita de mi corazón, cuando cometiste ese gran pecado. Tan terrible sería que ni siquiera a mí me lo quisiste confiar, corderito de mi alma. Y ahora todas están aterradas de que yo esté tan tranquila recogiendo tus bártulos: tus efectos personales, las fotografías de tu vida anterior y tus documentos se los devolveré a tu familia, las pocas prendas de ropa quedarán para el orfanato, tus hábitos los heredará alguna postulanta que tenga tu misma talla. Pero nadie los llevará con el mismo decoro que tú lo hacías, ninguna tendrá la gracia tuya (“llena eres de gracia”, Clarita) al caminar con la mirada baja y llena de gozo después de recibir la comunión, ninguna sabrá ponerse de rodillas sin menguar la pureza del lino blanco que caracteriza a nuestra orden.
Por supuesto era a mí a quien correspondía esta labor ingrata de eliminar del claustro tus recuerdos. Tú y yo éramos las amigas más cercanas a pesar de que yo te doblaba la edad. Yo conocía –o creía conocer, en vista de lo que ha pasado- todos tus secretos y te comprendí más y mejor que tu propio confesor. Estoy segura de que ni siquiera a él le contaste sobre los laberínticos caminos que tomó tu vida en los últimos meses. A mí viniste hace unos años cuando creíste escuchar la llamada del Señor en una mañana de tu adolescencia. Querías entregar tu vida a Dios y “ser como usted, Madre Fortunata”, tal cual me lo dijiste ese día en la capilla. Me tenías mucha confianza porque nos conocíamos desde antes, tu familia y la mía siempre fueron muy allegadas y yo fui el ejemplo para ti y tus hermanas en este pueblo donde no hay más de donde escoger.
Ay, Clara Inés Paz! Si me hubieras conocido bien, no habrías querido ser como yo. Lo que pasa es que tú nunca supiste mi historia, los motivos por los cuales me encerré por voluntad propia en este convento cuando me acercaba a los treinta años y no aparecía un pretendiente digno ni indigno... si al menos hubiera tenido la valentía de fugarme con un amor tormentoso como lo hicieron muchas del pueblo. Pero no, lo mío era más grave: para mí no había amor posible en Santa Cruz. Aquí no había nadie capaz de sosegar las turbulencias de mi cuerpo a los quince, a los veinte años. Y cuando apenas entreveía los meandros posibles de la pasión, la alejaron de mí y creí que mi ardor se apagaba inexorablemente. Entonces me sumí en un fervor exacerbado que tenía más de expiación que de vocación.
Luego llegaste al convento y te ganaste el cariño de todas nosotras: conquistaste a la Superiora con tu obediencia, a las novicias con tu caridad, a las empleadas con tu condescendencia y a mí con todo eso y además con todo el cariño que ponías a tus quehaceres. Dabas de comer al hambriento con una sonrisa, visitabas a los enfermos con paciencia y a mí... a mí me regalabas con todo lo demás, lo divino y lo humano. Y de nuevo vi surgir la llama de mis quince años, prendida de tus ojos celestes velados por tus párpados en oración, de tus labios al elevar plegarias por la salvación de la humanidad, de tus manos gráciles que bordaban ángeles y querubines en los ratos en que estabas ociosa.
Sin embargo, no supe mostrarte los designios de mi alma. Nunca entendiste mis miradas suplicantes ni viste más allá de la amistad que te ofrecía mi mano tendida, temblorosa, más por la emoción de tenerte cerca que por el frío del oratorio en las noches. Y no tuviste valor para confiarte a mí cuando a tu cuerpo lo reclamaron éxtasis más mundanos pero más humanos que los de Santa Teresa, cuando deseaste ser atravesada por mil flechas ardientes que horadaran tu piel. Decidiste beber tú sola de las aguas putrefactas del pecado de la carne y luego no supiste qué hacer cuando se ensancharon tus caderas, cuando tu sangre dejó de recordarte la culpa original de Eva, cuando tus senos parecían desbordar ríos lácteos, cuando sentiste que en ti bullía una vida nueva. Entonces sí que acudiste a mi sabiduría de mujer vieja, a mi experiencia como enfermera voluntaria en el hospital y me hiciste las preguntas que no te atreviste a formular cuando debías, todo para no dejarme saber que te veías a escondidas con el hombre que construía una nueva ala en el refectorio.
¡Cuánto dolor me causó tu traición, Clara Inés! Al principio sentí ira, sentí mucha rabia y quise que te condenaras en el Averno por haber sucumbido a los sucios deseos de un hombre; pero se me impuso tu imagen angelical y supe que solamente eras la víctima a ofrecer para que con tu sangre se lavaran mis culpas.
Por eso, mi Clarita-corderito, hoy estoy recogiendo tus cosas y ahora voy a quemar la sábana donde quedaron los signos del sacrificio en el que tuve que inmolarte para la salvación de tu alma infiel.
“… Descanse en paz … Amén”
 

© Sor Fortunata de la Santa Cruz

NOTA: Tenemos un espacio en nuestro FORO para comentarios sobre las versiones. Allí podrás dejar tus impresiones que serán comentadas por los autores.
 

© Ciberanika.com
 
 

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