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DERRUMBADA
Autor: Lylanda

 
Armenia se vino abajo el día en que mi vida se hizo trizas.

No sé cuánto tiempo llevo sin salir de la carpa de socorro que instalaron en la plaza central después del terremoto. Sólo hasta ahora puedo mover un poco las piernas y levantarme.

Sin embargo, tengo miedo de que al salir me tropiece con él. Tengo miedo de ver nuevamente su rostro como ha aparecido en mis sueños estas noches: sonriendo amenazador y echándome en la cara su aliento insoportable… cuando despierto me doy cuenta de que el hedor proviene de las más de cincuenta víctimas hacinadas en esta carpa.

Miro a mi alrededor, no veo ningún rostro conocido, ni un vecino, ni un amigo, ni siquiera Pedro o Luis, que también debían estar en sus casas ese día.

Debí de perder el rumbo al salir corriendo de mi casa, al dejarle sangrando en la cocina. No recuerdo en qué momento comenzó a moverse la tierra, pero estoy segura de que fue mucho después de que doblé la esquina del colegio. Cuando me di cuenta, ya  no llevaba el cuchillo en la mano.

Yo estaba sola preparando el almuerzo porque mamá había salido al centro. No tardaría en llegar mi padre de su trabajo. Era la primera vez que cocinaba completamente sola, sin la dirección de mamá, así que a mis doce años me estaba esmerando en ser mejor que ella para que papá se sintiera orgulloso de mí y luego dijera –con su pícara mirada y su guiño característico- que yo sería “una muy buena esposa”.

En el momento en que  iba a cortar la carne para asarla, escuché que papá entró a la casa y de inmediato grité que el almuerzo “se demoraba un poco porque hoy teníamos una receta especial”. No bien terminé la frase, sentí que se me acercó por detrás, me abrazó y comenzó a besarme las mejillas y mordisquearme las orejas diciéndome que yo era “su mujercita”. Me reí con sus bromas y con las cosquillas que me hacía su bigote pero me quedé helada cuando vi que me tocaba las piernas y luego subía, subía y ya no se reía ni bromeaba conmigo sino que respiraba muy fuerte como si estuviera fatigado. Cuando me soltó para desabrocharse los pantalones, aproveché y le enterré el cuchillo varias veces.

Después de eso corrí y corrí, sin saber hacia dónde, salí de mi casa, atravesé la calle, no escuché lo que dijo Luis cuando pasé a su lado, tampoco respondí al saludo de Pedro y de su hermana que iban hacia la iglesia. No supe nada hasta que vi que los postes de la luz caían sobre los autos y la gente. En ese momento –ahora estoy segura- ya no llevaba el cuchillo.
 

Entre los escombros de lo que pudo haber sido mi casa han encontrado el cadáver de un hombre que responde a las señas de mi padre. Dicen que murió instantáneamente al caerle un muro encima. Al parecer no revisaron sus heridas.
 
 

Ahora sí me atrevo a salir de la carpa.
Recorro despacio lo que queda del parque, el edificio de la Gobernación ha desaparecido, todo está cubierto de polvo, trozos de pared y cristales rotos. No obstante, la iglesia ha quedado en pie. No hay rastros de Pedro ni de su hermana. Veo las sillas en desorden, algunas sin patas y con las tablas rotas. Las imágenes de los santos han caído de sus nichos y hay fragmentos de vitrales en el suelo.

La estatua de San José –que era mi favorita cuando era pequeña porque su mirada era igual a la de mi padre cuando se ponía ‘pensativo’- quedó rota en dos partes, el golpe la quebró en diagonal desde la oreja derecha hasta el hombro izquierdo.

El 25 de Enero de 1999 la Sagrada Familia perdió dos padres.
 

© Lylanda

NOTA: Tenemos un espacio en nuestro FORO para comentarios sobre las versiones. Allí podrás dejar tus impresiones que serán comentadas por los autores.
 

© Ciberanika.com
 


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