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La Camilla de Doña Zoila
Doña Zoila, entrañable y pesimista, analiza y opina sobre los artículos que lee en los diarios internacionales.
Doña Zoila ha puesto el ojo esta semana en el siguiente artículo:

Adiós, señor Aznar
Leído en Diario de Sevilla (17 de marzo de 2004)
Escrito por Javier Salvago

Hominum inmortalis est infamia: etiam tum vivit,
cum esse credas mortuam
Plauto

Sí, adiós, señor Aznar, y adiós en buena hora. Se va con su porte engreído y altanero, incapaz, hasta en el último instante de su nefando mandato de un gesto de humildad, se va el aprendiz de tirano, afortunadamente, y esperemos que para siempre.

Vaya entonces sumiso, a ponerse telefónicamente a las órdenes de su amo, cual ruin lacayo del poderoso, con lo que demuestra el desprecio que le merece su propio pueblo. Más, he dicho se va, cuando tal vez sea mucho más apropiado, decir le hemos echado.

Respiremos, pues, profundamente, porque se acabó la pesadilla: ya no tendremos que soportar su prepotencia, sus descalificaciones, sus insultos, sus burdas lecciones de democracia y de moral. Despidamos a José María Aznar López,  un personaje que, como señaló un editorial del diario “El País”, ha logrado, bien que por méritos propios, que le detesten la mayoría de los ciudadanos españoles.

Esperemos que, por el bien de todos, nunca más se le ocurra volver a ejercer cargo político alguno, esperemos que guarde prudente silencio por lo que le quede de vida y que los alumnos de Georgetown, que van a padecerle como profesor, no se conviertan también en sus víctimas. Víctimas embotadas por su imperialismo trasnochado que tanto dolor ha traído a nuestro país.

He esperado pacientemente, hasta el último momento, para comentar un articulo publicado en el Diario de Sevilla,  pocos días después de conocerse el resultado de las elecciones del 14 de marzo. Un artículo muy duro. No quería que se me pudiera acusar de oportunista, de sumarme al carro del vencedor, de  hacer leña del árbol caído. Por eso, he esperado a que tuviéramos un nuevo presidente y que Aznar estuviera, ¡por fin! fuera de la escena. Escribir, o intentarlo al menos, con el reposo que da el análisis sosegado una vez pasadas las primeras euforias.

Además, en el fondo, esperaba ansiosa un leve motivo para no tener que utilizar el artículo en cuestión porque deseaba que, en un instante de arrepentimiento, el autócrata tuviese un gesto que le volviese de nuevo humano y que, finalmente,  fuese innecesario hacerme eco del acusatorio escrito de Javier Salvago.

Tenía, en fin, la remota esperanza de volver a ver, aunque fuera por un segundo, y eso me habría bastado, a aquel Aznar que hace poco más de ocho años consideré una solución para los males que nos aquejaban. Males ocasionados por otro despótico mandatario, que se fue acorralado y ensuciado por la corrupción y la felonía. Quería yo recuperar en mi memoria a aquel ciudadano normal que se enfrentó, sin más arma que la palabra, al presidente todopoderoso de entonces.

Pero no. No ha habido contrición y, por tanto, no es posible la generosidad de la mano tendida en la despedida. Por ello, y tras pensarlo mucho, de todos los artículos que se han publicado estos días sobre el ya expresidente he elegido el que me ha parecido más contundente, desde el punto de vista político y personal, el que se ensaña más con aquel, cuyo peor pecado, ha sido precisamente no querer reconocer el error, no rectificar, no, en definitiva, humanizarse, llegando incluso, para justificar su actitud, a mentirnos de la forma más inmunda y grosera.

Jamás anidó en mi ánimo la animadversión personal contra Aznar, más bien, todo lo contrario. He mantenido con personas muy cercanas a él una relación de amistad profunda y sincera que, por mi parte, aún conservo y con cuyo recuerdo me siento profundamente satisfecha. Por eso es mucho mayor mi dolor, por eso me es más difícil perdonar.  Me siento traicionada por aquel que, aún en la antípoda de mis creencias, me pareció honesto. José María Aznar López, el hombre que quiso sacar a España del rincón de la historia, se marcha, no como un héroe, que por otro lado nadie quería, sino como un villano, cómplice del abuso de fuerza, de las mentiras, de la intoxicación, de la venganza.

No tuvo inconveniente en fotografiarse con los poderosos, en una actitud prepotente que pasará a los anales de la historia. Se sumó, rebosante de satisfacción, a aquel que se erigió en justiciero universal e invadió y ocupó un país soberano, so pretexto de buscar unas armas que él ya sabía muy bien que no existen. No quiso oír el clamor de la calle que le pedían algo tan sencillo como “No a la Guerra”.

En el conciliábulo de las Azores, se dejó tentar por la concupiscencia del poder imperial, probó el néctar de la soberbia y se embriagó de ella hasta la ignominia, sin querer escuchar las voces que, serenas, le advertían del tenebroso Apocalipsis que se avecinaba.

Nos insultó al pretender hacernos poco menos que defensores del genocida Sadam Hussein y quiso convertir nuestro grito a favor de la paz, en complicidad con el terrorismo, sin darse cuenta de que él, y no nosotros, se unía en inmoral coyunda con un matón de salón de mala película. Tal y como dice el articulista se creyó en posesión de la verdad absoluta y despreció y trató de canalla a los que osaban criticar su política.

Pero, como afirma Salvago en su artículo, el pueblo, que él despreció, le ha castigado a él y sólo a él. No se ha castigado en realidad al Partido Popular, que bien es cierto no supo o no quiso enmendar tanto yerro, ni siquiera se ha castigado al candidato Mariano a Rajoy que se plegó dócil, o quizá miedoso, al dictado del cuadillo. Se ha repudiado al sátrapa que llegó a estar borracho de poder y de éxito.

Porque en una democracia, incluso tan devaluada como la española, tras ocho años de aznarato, las urnas son el mejor juicio, el único juicio posible. Y la sentencia ha sido inexorable: el reo ha sido declarado culpable de lesa patria. Creyó posible, en su alucinación, el émulo del dux Scarpia, que la ciudadanía, quizá adormecida, quizá cansada, seguro hastiada, se quedaría en su lar resignada, pero no fue así. Se erigió ésta como un Cicerón colectivo, agotada ya la paciencia por este nuevo Catilina y levantó el dedo acusador como un redivivo Zola para rectificar, inspirados por el pensamiento orteguiano, el craso error con un sublime “delenda est infamia”.

Algunos aduladores intentarán disimular el oprobio que para la nación entera ha supuesto este gobernante,  especialmente, en sus últimos cuatro años. Pretenderán recordarnos los éxitos económicos, conseguidos, en buena medida, a costa del esfuerzo de otros, pero no sirve y aunque fueran ciertos, ya no serían suficientes.

No sirven porque, para empezar, son éxitos falseados y, porque no pueden esconder, el enorme fracaso que supone marcharse con el recuerdo terrible de casi 200 muertos que nunca se debieron producir.

Los que hablan tanto del crecimiento económico silencian deliberadamente detalles que deben saberse. Hay que decir con claridad que es un crecimiento basado en el consumo interno y que puede estallar cualquier día y provocar la ruina de muchos. Lo dice, con más o menos claridad, el gobernador del Banco de España.

La famosa burbuja inmobiliaria. ¿Qué pasará el día que no puedan empezar a pagarse las hipotecas o cuando se queden sin vender una buena parte de las casas construidas? Un crecimiento económico basado en el consumo y no en el ahorro y desarrollo industrial es, a largo plazo, un suicidio.

Y el empleo. Otra gran mentira de Aznar. Pero ¿qué clase de empleo se ha creado? El más precario posible. Con contratos basura, con sueldos miserables, con horarios interminables, con un enorme índice de temporalidad: seis meses de trabajo y después la incógnita de la renovación o bien otra vez a pasar por la oficina de empleo. Esta es buena parte de la verdad de este éxito.

Estos son los enormes logros del aznarato: empleo precario, crecimiento económico basado en el consumo disparatado, política exterior sumisa con los poderosos, imposición del pensamiento único, vuelta al nacional-catolicismo, crispación autonómica, enfrentamiento educacional, fundamentalismo centralista, injusticia fiscal, manipulación informativa,  utilización partidaria de las instituciones, degradación de la vida parlamentaria, utilización de la guerra como argumento político, criminalización de las ideas ajenas, insensibilidad ante las críticas etc. Como acertadamente señala el articulista demasiadas aberraciones, demasiadas ruedas de molino.

Así pues,  vete José María Aznar en buena hora.
 

Doña Zoila

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