| La Camilla de Doña Zoila |
Doña Zoila, entrañable y pesimista, analiza y opina sobre los artículos que lee en los diarios internacionales.
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Leído en Avui (11-5-2004)
Escrito por Isabel-Clara SimóCuando estas líneas salgan a la luz, quedarán muy pocas horas para poner punto final a un acontecimiento que en los últimos meses ha levantado mucha expectación. Será un momento en el que habrá grandes satisfacciones, se verán cumplidos algunos deseos y, como suele acontecer en estos casos, también habrá algunas decepciones. Pero, en cualquier caso, lo que sí me parece claro es que pocos vamos a quedar indiferentes.
Por tanto, estoy segura de que muchos millones de personas estarán pendientes de sus televisores dentro y fuera de nuestras fronteras y supongo que, allí donde no haya TV, se estará al tanto a los receptores de radio.
Se queja la articulista de que la cobertura informativa, esa que se ha dado en llamar “un titánico esfuerzo”, puede caer en el exceso. No me parece justa de todo esta crítica. Hombre, se puede considerar, no sin cierta razón, que resulta un poco cursi eso del “titánico”, pero creo que entra dentro de lo meramente literario. Supongo que se quiere decir un esfuerzo riguroso, cabal y muy profesional. No se puede esperar menos de TVE.
Además, al cabo, son los protagonistas del evento, y sólo ellos, los que dentro de poco pasearán por Europa y por el mundo entero, el nombre de nuestra patria. Cualquier esfuerzo informativo está, por tanto, más que justificado. Es posible que sea costoso, como insinúa la periodista catalana, e incluso -estoy dispuesta a admitirlo- para algunos molesto pero, lo cierto, es que la mayor parte del público lo demanda. Además, es definitiva, es el acto final, una especie de broche de oro y no sería justo escatimar medios ni dinero. Hay que tirar la casa por la ventana.
Sí creo, en cambio, como dice Isabel-Clara Simó que, por una vez y sin que sirva de precedente, aquí no habrá, salvo casos muy excepcionales, personas que se sientan indiferentes ante el acontecimiento. No influirán en este episodio de la vida nacional las opciones ideológicas y las rencillas políticas que, en casos como el que nos ocupa, están de más. Este evento es una cuestión de interés general, un asunto de Estado, como ya quedó claro en su día, tras muchas y agrias polémicas que muchos recordarán.
Estoy plenamente convencida de que será un momento de emoción colectiva aunque, posiblemente, y eso es inevitable, sentida desde perspectivas distintas, con análisis diferentes, que serán, en todo caso, enriquecedores y señal inequívoca de la diversidad cultural de nuestra ciudadanía. Pese a eso, insisto, serán instantes de emoción y fiesta generalizada, si bien no todos podamos participar aunque, eso sí, como contribuyentes paguemos nuestra parte alícuota del espectáculo, que va a costar mucho. Pero lo haremos con satisfacción.
Cierto es que este acontecimiento no es novedoso, se repite muchas veces y sucede en muchos países de culturas muy distintas y con diversas peculiaridades pero, en el caso de España, sencillamente es distinto porque parece que hay una opinión generalizada, reconocida por casi todos, que coincide en señalar que la nuestra es la mejor del mundo.
Sin embargo, pese a todos estos fastos, ahora multitudinariamente celebrados, con ofrendas florales y homenajes populares y visitas a iglesias y ayuntamientos, no se debe olvidar que la gloria es efímera y que muchas veces, a lo largo de la historia, las cañas se han trocado en lanzas y la risa en llanto. Me gustaría que los protagonistas no lo olvidaran.
No hay que olvidar tampoco, que los héroes de hoy, pueden ser mañana villanos y que, aquellos que son perseguidos para conseguir autógrafos y fotos, que son agasajados en todas partes y aplaudidos allí donde su figura, considerada poco menos que excelsa, aparece, sean, por caprichos de la desventura, silbados, abucheados y vilipendiados. Tengan pues en cuenta los aclamados de hoy que la fortuna y, mucho más aún la masa, es muy voluble y olvidadiza. Basta un error para que nadie se acuerde de los aciertos anteriores y en cuanto te descuidas te ponen en la picota.
De forma que los mismos que te esperaban entusiasmados en los aeropuertos y a la salida de los restaurantes y de los teatros o discotecas, para poder ver la cara, una simple sonrisa, o deleitarse con las palabras del ídolo, por poco que este dijera, mañana acudirán igualmente al mismo aeropuerto, para ver cómo se marchan, tras haber sido expulsados, con la cabeza baja, y serían capaces, incluso, de negarte el pan y la sal. Casos en la historia reciente los ha habido y, aún me temo, que los habrá en el futuro.
Por eso, lejos de las grandes fanfarrias, de las prepotencias, de los gastos superfluos, de los baños de masas, de los cálculos quiméricos que muchas veces acaban por convertirse en el cuento de la lechera, y de las grandes promociones interesadas y un poco babeantes de los aduladores de turno, que al final son los peores enemigos, conviene la humildad del trabajo diario, discreto, sin presunción y siempre dispuestos a reconocer el error y saber rectificar a tiempo.
Porque, en efecto, los que hoy se inventan fabulosas historias para encumbrar al ídolo popular, aprovechando la fuerza y la dirección con la que sopla el viento, mañana atizarán son saña el fuego contra quienes antes fueron sus benefactores. También hay sobrados ejemplos.
Y, del mismo modo que antes exageraron las virtudes o se inventaron vidas ejemplares en su pasado, que en la mayor parte de los casos fue en verdad corriente y moliente, y colmaron, con su verborrea pastosa y huera, de halagos a los nuevos héroes, y rodearon con una especie de nube de incienso y un halo de misterio a los protagonistas del evento, de forma que parecieran poco menos que seres mitológicos ante nuestros ojos de mortales y plebeyos ciudadanos, no tendrán el más mínimo inconveniente en achacarles todos los vicios más zafios y todas las mayores bajezas morales, si ello conviene a su interés personal y el de su medio de comunicación. Basta repasar las hemerotecas.
Les echarán en cara su falta de talento, que ayer era indiscutible, su falta de amor, que antes era ejemplar y paradisíaco, sus infidelidades, sus juergas y su escaso, por no decir inexistente, interés por el trabajo. Y, a poco que puedan, los aduladores de antaño, pedirán ogaño con fiereza que sean arrojados al abismo a quien ayer lamieron descaradamente el trasero, con la esperanza de recoger las migajas del festín. Simplemente cambiarán de amo, eso sí, tan servilmente como a los anteriores.
Y si se les afea esta conducta por incoherente e inmoral, dirán que fueron dolosamente engañados, pero que, una vez que se dieron cuenta de su error, ellos mismos han contribuido a deshacer el entuerto y se aprestan, sin rubor, a servir al nuevo becerro de oro. Revísense las hemerotecas sobre adhesiones inquebrantables y eternas a irrepetibles y proverbiales figuras de la reciente historia de España.
Así que, la discreción y la humildad es sin duda, la mejor receta para lograr, al menos, el reconocimiento público a una labor seria y sensata y ni aún así nos libraremos de esos cuervos. Siempre habrá otros, los que sí son ecuánimes, que puedan criticar los errores, porque ese es además su deber, pero son ellos nuestros mejores amigos. Y si se sigue esa norma, a la hora de presentar el balance final, el saldo será, salvo sorpresas e imprevistos no imputables más que al azar, muy favorable. Y, en todo caso, esas sorpresas e imprevistos, nunca se podrán achacar a la improvisación y a la excesiva confianza en quien nunca se debió depositar la más mínima.
Y finalizo: creo que pese a todo, son momentos de gozo y alegría y, por tanto, no me queda ya nada más que felicitar cordialmente a los protagonistas del acontecimiento y a sus simpatizantes que han demostrado a lo largo de muchos meses que son lo mejores. Enhorabuena pues a los jugadores del Valencia club de Fútbol, que se han impuesto con humildad, seriedad y rigor a un equipo de galácticos que, al final, ha dado sólo lástima y, ahora, es pasto de las críticas de sus anteriores más fieles valedores. Personalmente me alegro porque ya está bien de que no pretendan vender como grandes personajes a aquellos cuya única virtud es vivir del cuento. El talento hay que demostrarlo con el esfuerzo diario y no una vez en la vida. El talento y lo méritos no son cuestión de sangre, sino de interés y de trabajo.
Tomen nota otros y en otras actividades, porque les puede ocurrir lo mismo que a los galácticos. El ridículo no es exclusivo de unos pocos y nada está atado y bien atado.
Pero, ahora que me doy cuenta, yo pensaba escribir algo sobre la boda de no sé quienes... Bueno no serán tan importantes cuado se me ha olvidado.
Doña Zoila
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