| La Camilla de Doña Zoila |
Doña Zoila, entrañable y pesimista, analiza y opina sobre los artículos que lee en los diarios internacionales.
Doña Zoila ha puesto el ojo esta semana en el siguiente artículo:[volver al índice de artículos de Doña Zoila]Amor y matrimonio
Leído en Diario de Jerez (31-julio-04)
Escrito por Francisco BejaranoEn uno de mis primeros artículos, allá por el mes de noviembre, comenté de forma entusiasta la decisión del Tribunal Supremo de Massachussets de eliminar las trabas al matrimonio entre homosexuales. Decía entonces que significó un paso muy importante para equiparar los derechos de todos los ciudadanos sin distinción. También advertía que aún queda mucho camino por recorrer.
Ahora, cuando el debate ya está en España de forma candente, mantengo todo lo dicho y, por supuesto, sigo creyendo que los homosexuales tienen derecho a casarse, si es eso su deseo.
Pero, una cosa es mantener esta opinión, coherente con lo que yo creo por principios, no ya democráticos, sino inherentes a la persona por el simple hecho de serlo y, otra muy diferente, apoyar las actitudes de algunos grupos que dice representar a los homosexuales que están cayendo en la intolerancia más criticable. Y creo que, precisamente porque apoyo sus derechos, no debo callar mi opinión cuando estoy en desacuerdo.
La cuestión es que con motivo de la festividad de 25 de julio (Santiago) el Obispo de aquella diócesis lanzó una fuerte andanada contra la posibilidad de legalizar el matrimonio entre homosexuales. E incluso se ha aconsejado a los diputados católicos que no voten a favor de lo que la Iglesia Católica considera antinatural. Se han producido, como era de esperar, varias respuestas de las que algunas han sido ciertamente exageradas.
Yo no veo inconveniente en que los jerarcas de la Iglesia Católica se pronuncien sobre cualquier tema. Los curas son también ciudadanos incluso, aunque a algunos de ellos, les pese. Así que si les dejamos hablar sobre ETA y el terrorismo y la posible reagrupación de los presos en Euskal Herria, o sobre otras cuestiones de orden social, como la injusticia que supone tener mano de obra barata basándose en inmigrantes, no veo por qué hay que exigirles silencio sobre cuestiones como el aborto, la homosexualidad o la cría caballar, pongamos por caso. De sus palabras responderán ellos y si se pasan pues se les podrá aplicar la Ley como a todos en este país, exceptuada la familia que todos sabemos.
Repasando los artículos que sobre este asunto (la reacción curil) llegaron a mi camilla, ahora desprovista de faldas, pues la verdad es que me llamó la atención el hecho de que son pocos los que mantienen una postura de equilibrio. La mayor parte parecen situados en posiciones extremas, o atacan a la Iglesia de forma inmisericorde o la defienden sin más.
Por eso me voy a hacer eco de un artículo sobre esta cuestión que ha llegado a mi veraniega camilla. Un artículo que me ha parecido escrito con serenidad y que pone a cada uno en su sitio y que ha aparecido en el Diario de Jerez, ciudad a la que fui a visitar a una tía ya algo anciana y que me invitó a pasar unos días.En primer lugar señala el articulista, con relación a la anulación de un matrimonio entre homosexuales que se ha producido en Francia, que no hay que confundir a los desprevenidos con una utilización torticera del lenguaje. Totalmente de acuerdo.
Nos podrá parecer injusto que se pueda anular una boda entre dos personas por el hecho de que sean del mismo sexo pero, lo que no es cierto en absoluto, es que habrá que seguir luchando porque su amor sea reconocido. Me da la impresión de que se confunden las churras con las merinas. Como dice el autor, creo que ya son muy pocos los que niegan que el amor pueda surgir entre homosexuales e, incluso, coincido con él en que somos muchos los que estamos de acuerdo en que hay que buscar una solución jurídica para que ese amor tenga una garantía contractual. Es cierto que en ese aspecto o reivindicación, es posible que todavía no seamos mayoría pero, hace poco tiempo, éramos tres gatos. Insisto, hay que buscar rápidamente una solución que legalice las bodas entre homosexuales.
Por eso, me parece una discusión ridícula si esa unión contractual se debe llamar matrimonio o gaymonio o lesbimonio o algomonio. Da la impresión que lo importante es el nombre, cuando lo que se bebe buscar es atacar el fondo de la cuestión que es: poder ejercer un derecho inherente a la persona. O sea, menos preocupación por la forma y más por el fondo.
También me parece ridículo y hasta insultante, que se llame retrógrados a los que niegan el derecho de los homosexuales a casarse, porque si hay una institución retrógrada y absurda es el matrimonio. Soy totalmente partidaria de la libertad de unión entre las personas, sin que me parezca especialmente necesaria la institución matrimonial, ni civil ni canónica, que durante siglos ha sido fuente de barbaridades incontables y de esclavitud para una de las partes: casi siempre la mujer. Por eso no admito que me llamen retrógrada quienes dan tanto valor a esa institución. Respeto su deseo de incorporarse a la lista oficial de casados pero, de igual forma, espero que se respete el de los demás a ni creer en la institución ni creer en su necesidad. No casarse en tan derecho como casarse.
Me parece, lo mismo que al articulista, que los colectivos de gays y lesbianas tienen todo el derecho de exponer sus opiniones donde, cuando y como quieran pero, tampoco estoy dispuesta a avalar que quieran reducir al silencio a quienes no opinan como ellos, porque eso sería avalar una actitud fascistoide. Así de contundente.
Me parece especialmente grave la actitud de determinados colectivos con respecto a la jerarquía de Iglesia Católica. Es evidente que la Conferencia Episcopal Española no puede apoyar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Pues muy bien, también es evidente que en este país quienes elaboran las leyes no son –afortunadamente- los miembros de esa institución sino los diputados elegios cada cuatro años.
Es evidente que para la Iglesia católica la cuestión del matrimonio es una cuestión doctrinal. Pues muy, bien para los que no somos católicos, aunque seamos creyentes, esa doctrina no nos afecta en absoluto. Simplemente nos limitamos a escuchar lo que dicen y nada más. Y si no nos gusta lo que expresan, nos aguantamos silenciosos o respondemos con argumentos. A mí tampoco me ha gustado tener que aguantar un gobierno del Partido Popular durante ocho años y no me ha quedado más remedio, sobre todo, porque contó con el respaldo de las urnas y eso es suficiente motivo. Me queda el recurso de la crítica razonada, pero no puedo pretender educir al silencio a todo aquel que haya votado al PP.
Pero ¿es que alguien en su sano juicio espera de verdad que los curas católicos aprueben el matrimonio homosexual, o el divorcio o el aborto? Lo curioso es que hay quienes no se escandalizan ante la constitucionalización de algo tan injusto como la economía de mercado, ante el incumplimiento sangrante del derecho, también constitucional, de garantizar un puesto de trabajo y / o una vivienda digna. Afortunadamente ellos -los curas- son sólo una parte de la sociedad y su influencia está limitada a los miembros de su secta, por muy significativa que sea esta, y sus recomendaciones sólo, insisto en lo de sólo, son para su comunidad, por lo tanto no hay que tener miedo a que hablen.
¿No puedo también yo hablar de lo absurdo que me parece creer en la virginidad de Maria, la Ascensión a los Cielos, la Resurrección de los Muertos o el Día del Juicio Final?. Pues entonces como voy a poder silenciar a ese colectivo.
En definitiva, los homosexuales tienen que comprender que el derecho innegable que tienen a organizar su vida como quieran puede ser motivo de crítica, deben admitir que no es obligatorio compartir sus postulados y no tratar de imponerlos a todos, porque esa es la mejor fórmula para retrasar innecesariamente la consecución de los mismos.
Doña Zoila
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