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La Camilla de Doña Zoila
Doña Zoila, entrañable y pesimista, analiza y opina sobre los artículos que lee en los diarios internacionales.
Doña Zoila ha puesto el ojo esta semana en el siguiente artículo:

Desmesura mercantil
Leído en El Mundo (15 febrero 2005)
Escrito por Carlos Toro

Cada vez vamos a peor, cada día que pasa aumenta la exaltación de lo más hortera y lo más sórdido posible, de lo más desmedido e insultante, de lo más carente de ética y, lo peor del caso es que, con el paso del tiempo, es mayor él numero de sujetos de toda esa especie a los que llaman “famosillos” a los que tenemos que aguantar.

Empezaron siendo unos pocos a los que incluso era fácil esquivar con un poco de suerte. Después, con la llegada en catarata de los medios privados de información, la cuestión ha ido empeorando de forma alarmante. Así han entendido algunos la competencia y la libertad de expresión.

Parece que existe una carrera por ver quién es más cutre, alcanza más capacidad de convertir la TV en un medio productor de basura, y es sólo un ejemplo, en un medio distribuidor de infrainformación, porque otros hacen exactamente lo mismo, aunque con menos relieve.

No hace muchos años dos o tres revistas del corazón se ocupaban de las desgracias de la familia Grimaldi en Mónaco, de las andanzas de la familia real británica, de la habilidad de su majestad borbónica para ganar la copa de vela que patrocina él mismo, de la maravillosa casa de  la baronesa Thyssen o de la reaparición sorprendente del algún torero sesentón.

De alguna forma el pueblo se sentía emocionado leyendo las artículos y viendo las fotos de esa gente inalcanzable que de esa forma parecía estar más cercana al mundo real a través de la revelación de sus sufrimientos. Ya se sabe: “los ricos también lloran”

Pero, con el tiempo, se fueron sumando las separaciones de toreros y tonadilleras, los hijos desconocidos e irreconocidos de actores y actrices y ahora, para colmo, los futbolistas.

Y en relación con estos últimos, me ha gustado mucho un pequeño artículo, escrito por Carlos Toro en la sección de deportes del diario El Mundo, sobre la escenificación parisiense de Ronaldo, ese maravilloso galáctico, en un castillo alquilado por 47.000 euros para  escarnio de mentes sensatas que ven con estupor como la segunda pinacoteca de Francia se convierte en escenario de una ceremonia fétida.

La verdad es que desde hace unos cuantos años, los futbolistas que, como norma general y con las excepciones consabidas, son una colección de ignorantes que no saben articular más allá de dos frases seguidas sin soltar ese latiguillo de “sí, bueno...”,  se nos han colado en nuestras vidas sin que nadie se lo haya pedido. Antes, no hace tampoco demasiado tiempo, se dedicaban a lo suyo, de vez en cuando salían en algún programa de radio o TV sobre su profesión  y ahí se acababa todo.

Pero en los últimos tiempos también se han subido al carro de las estrellas mediáticas y no dan el tostón cada día. Ya no sólo se conforman con hacer (mejor o peor) aquello para lo que se les paga, y muy bien por cierto, sino que además tenemos  que soportar sus idas y venidas, las veces que se van de juerga, con quien se acuestan o dejan de acostarse y demás cuestiones que debían permanecer el ámbito privado.

Pero no. Resulta que las desproporcionadas inversiones que hacen la mayoría de los clubes para contratarlos y pagarlos tienen que amortizarse de alguna forma y qué mejor manera  que convirtiéndoles en productos comerciales, vendedores de todo para sacar el máximo jugo posible durante se corta, justo es reconocerlo, vida profesional.

Lo de Ronaldo en París ha sobrepasado, con todo, los límites de lo tolerable. ¿Cómo es posible gastarse 70.000 euros En el vestido de la novia? ¿Por qué esa ostentación en todo? ¿Cómo es posible que los directivos del club al que pertenecen participaran en todo este asunto? Sencillamente se ha perdido por completo el sentido de la proporción.

La patochada de este individuo no merecería más comentarios sino fuera porque hay muchas personas jóvenes para los que estos tipos son una especie de ídolos, de seres superiores, de semidioses. Sin embargo, la realidad es muy distinta. No pasan de ser una caterva de bufones que tienen, a falta de algo mejor que hacer de su vida un espectáculo publicitario. Triste, muy triste.
 

Doña Zoila

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