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La Camilla de Doña Zoila
Doña Zoila, entrañable y pesimista, analiza y opina sobre los artículos que lee en los diarios internacionales.
Doña Zoila ha puesto el ojo esta semana en el siguiente artículo:

Quello che le donne dicono (lo que las mujeres decimos)
Leído en L’Unitá (Italia) 8 marzo 2005-03-10
Escrito por Barbara Pollastrini

Para muchos, según la articulista italiana Barbara Pollastrini, el recuerdo del último ocho de marzo será el abrazo de Giuliana Sgrena y Rosa María Calipari. Es cierto, para muchos el abrazo entre la periodista de Il Manifesto y la viuda del agente del servicio secreto italiano que con su cuerpo salvó la vida de Giuliana, será una imagen difícilmente olvidable. Esperemos que sirva para despertar algunas conciencias.

Lo mismo que lo será la del entierro de los cinco agentes de la Guardia Civil que murieron en la carretera N-I atropellados por un camión cuando estaban de servicio en un control de vigilancia antiterrorista. Será muy difícil de olvidar, sobre todo, para sus familiares, sus amigos y sus compañeros. Creo que entre ambas imágenes, en apariencia tan distintas, hay alguna similitud.

En definitiva se trata de víctimas inocentes, uno de una guerra inmoral y otros de la falta de escrúpulos de un empresario que se aprovecha de la necesidad ajena también de forma inmoral.

El inicio de mi artículo se refiere a uno que ha escrito en l’Unità,  Barbara Pollastrini sobre la muerte del agente, que ha provocado una oleada de indignación en Italia. Me ha recordado al suceso que acabó con la vida del periodista español José Couso y que, por cierto, aún sigue sin aclararse convenientemente.

Pide, con razón de sobra, la articulista que se sepa la verdad, que se haga justicia. Tiene, como digo, razón suficiente al formular esa petición. ¿Pero no les parece a ustedes algo retórica? ¿Cuál puede ser la verdad de este hecho? ¿No es acaso una tragedia más de las que cada día ocurren en Irak como consecuencia de la invasión y ocupación del país? Creo que esa es la única verdad que hay que saber. El agente Calipari fue víctima de una guerra injusta, brutal e indecente que contó con el apoyo entusiasta de su gobierno. ¿Qué más verdad necesita Pollastrini? ¿Servirá de algo saber quién disparó? No, el autor  moral de los disparos está cómodamente sentado en su despacho oval.

Y al hilo de esta tragedia, Barbara Pollastrini aprovecha para recordar la lucha de las mujeres por avanzar en la igualdad de derechos. Y, modestamente, creo que se equivoca en el planteamiento. Yerra, creo, porque parte de la base de que le lucha de las mujeres tiene que ir por un lado y un camino distinto de la de los hombres y,  en mi opinión, es este un error gravísimo. Siempre he sostenido que las luchas de liberación son una labor de ciudadanos, independientemente de su sexo.

El machismo es consecuencia de un determinado sistema de producción económica que ha mantenido a la mujer en una situación de esclavitud aberrante no por el hecho de ser mujer sino porque convenía a sus intereses esa división. En el fondo es parte de la división entre clases.

Dice Pollastrini con razón que, desde que hace diez años se produjo la declaración de Pechino en Nueva York, no se ha avanzado nada en lo que se refiere a derechos de las mujeres, que no se ha logrado nada sustancial. En efecto, así es y, aún, iría yo más lejos. Hemos retrocedido, pero todos, las mujeres y los hombres.

A veces me da impresión de que en occidente vivimos en una especie de mundo irreal en el que se confunden las cosas: aquí nos quejamos, por ejemplo, de que las mujeres ganamos un salario inferior que los hombres por igual trabajo, algo que, evidentemente, es intolerable pero ¿es eso importante para las mujeres iraquíes? Supongo que no, porque la mayoría no han pasado ni siquiera a la condición de asalariadas. Viven en un estado de marginación ante la que las democracias occidentales permanecen inmóviles. ¿Cuántas mujeres se han presentado a las elecciones en Irak?

Mujeres y hombres somos piezas, partes, eslabones del mismo engranaje. Todos, en mayor o menor medida, estamos sometidos por el bárbaro sistema capitalista y por ese nuevo dios llamado mercado. Es cierto que la condición de la mujer es, casi siempre, peor, pero la guerra no se ganará si no se ataca a fondo el virus que provoca el mal.

Podemos ganar batallas parciales, que es posible que sean importantes, pero la cuestión fundamental seguirá sin resolver. Creo que se trata de un problema de educación cívica más que de legislaciones y cuotas. ¿Tiene sentido establecer cuotas en las responsabilidades directivas de las empresas, de los partidos, de los sindicatos? Creo que no. Cada persona, hombre o mujer,  deberá acceder a la máxima responsabilidad que pueda sin otro criterio que sus méritos. De lo contrario corremos el riesgo de que al final del camino cuente más el tráfico de influencias, el amiguismo o el corporativismo que la valía profesional. Y esto es igualmente válido para unos y otras. La verdadera emancipación no se ha logrado casi nunca, y mucho menos sólo, vía decreto. La mayor parte de las veces es sólo papel mojado.

No por decir ciudadanos y ciudadanas, madrileños y madrileñas o españoles y españolas se es más progresista. Eso no pasa de ser pura y simple palabrería sino se traduce en hechos.

Lo cierto es que la sociedad, sus conquistas sociales, retroceden en todas partes y a veces con la anuencia de quienes deberíamos estar atentos a que esto no sucediera. El llamado estado del bienestar es hoy para muchos un recuerdo histórico. Puede que a algunos les parezca una majadería lo que digo, pero si permitimos que esto continúe no se podrá avanzar en conquistas de otro tipo. Por tanto, lo revolucionario, lo verdaderamente progresista hoy puede ser luchar por mantener lo que tenemos, es decir, una serie de derechos que ha costado muchos años y muchas víctimas conquistar. Y me estoy refiriendo a derechos básicos, como pueden ser la decisión sobre la maternidad, que también va a sufrir serios ataques, el derecho a la educación, a la sanidad gratuita...

Creo que es justo pensar que las mujeres podamos acceder a los puestos de máxima responsabilidad en las empresas, sin ir más lejos, y, por supuesto, con el mismo salario que los hombres pero para eso, lo primero es tener puestos de trabajo.

¿Por qué el empleo femenino sube más que el masculino? Pues muy sencillo, porque las mismas mujeres muchas veces hacemos dejación de nuestros propios derechos con tal de lograr un puesto de trabajo, casi siempre precario, mal pagado y en puestos de escasa calidad. Tendríamos que empezar por hacer que se respeten esos derechos mínimos.

Lamentablemente creo que estamos muy lejos de conseguir esto. Me da la impresión de a veces es más fácil lograr lo superfluo, lo electoralmente rentable, sin profundizar, sin querer abordar en serio los problemas.

A veces me parece que se nos quiere mantener como una especie de adorno que, en el fondo, nos perpetúa como floreros, de postín eso sí, pero, en definitiva, floreros.

Por eso, quizá por ese pesimismo que me caracteriza, consecuencia de los años, no puedo compartir las opiniones de Barbara Pollastrini que dice que la fuerza de las mujeres en el mundo es extraordinaria y la cabeza de un nuevo reformismo, que tiene algo de utópico.

Desgraciadamente yo veo que, salvo las magníficas excepciones, la mayor parte se mueven en el conservadurismo de personajes como Ana Botella, Esperanza Aguirre, Margaret Thatcher, Condoleeza Rice y similares. Al menos es a las que más se oye...

Pues bien, todas ellas no me representan en absoluto. Me siento mucho más unida a las iraquíes marginadas, las afganas y argelinas víctimas del fundamentalismo y el silencio, a las negras de Estados Unidos que todavía ocupan el escalón más bajo de la sociedad a las polacas que vienen a recoger fresas en Huelva. En resumen a todas esas a las que casi nunca se escucha.
 

Doña Zoila

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